Un largo adiós es una rendija abierta,
no porque la certeza lo permita,
sino porque el corazón se niega
a cerrar del todo lo que aún respira.
Se queda suspendido en los bordes del presente,
como una sombra que no sabe
si pertenece al pasado.
Y en ese espacio ambiguo
nace la espera: ese decir «tal vez».
Es un gesto interno que no se atreve
ni a renacer ni a ser olvido;
una indecisión que susurra:
«Por si volvieras»,
mientras los brazos permanecen extendidos.
Es la persistencia de lo no resuelto,
de aquello que quedó extraviado,
pendiente como un beso al vuelo,
como un tiempo que no termina
de acomodarse en ninguna parte.
Y uno sigue caminando,
quizá hacia el abismo,
quizá hacia el vacío de los te amos,
de las compañías,
de los buenos tratos.
Porque hay adioses que no concluyen,
porque no existe ceremonia alguna
que los dé por muertos.
Ni principio siquiera del formulario...