José Honorio Martínez Ochoa

El lugar donde habita la palabra

El lugar donde habita la palabra

 De pronto mi frente se llena de mar.

No sé en qué instante ocurre.
Sucede como llegan ciertas presencias:
sin irrumpir, sin pedir permiso,
como una nube espesa que lentamente desciende
y encuentra un lugar donde permanecer.

Entonces siento el invierno encerrado en su profundidad,
goteando sobre mí con una paciencia antigua,
como si el cielo hubiera decidido acercar su peso
a la respiración del cuerpo.

Permanezco inmóvil escuchando.

Porque el mar nunca llega solo;
trae consigo algo más que agua y horizonte.
Trae una memoria silenciosa,
un murmullo que toca las cosas
y las deja aparecer de otra manera.

El viento comienza entonces a silbar entre mis manos.

Atraviesa mis dedos lentamente,
como si buscara el origen secreto de la ola,
ese instante primero
en que el agua aprendió a moverse hacia la luz
y la luz aprendió a reflejarse en el agua.

Algo resplandece allí.

No una claridad violenta,
sino una luz pequeña y firme,
semejante a una gardenia abierta en medio del aire,
ocupando un lugar dentro del deseo,
abriendo una región donde la mirada
puede reposar y comprender.

Y comprendo entonces
que el poema no nace únicamente de las palabras.

Nace de aquello que insiste en acercarse,
de lo que espera silenciosamente una forma,
de lo que busca una azulada
y encuentra en el lenguaje un sitio donde permanecer.

Poema de amor.
Poema de esperanza.
Respiración de una flor que apenas se abre.

Una sonrisa tocada por la brisa,
una nube detenida en el pensamiento,
una claridad que todavía no sabe del todo
hacia dónde se dirige.

Mi poema avanza sobre el mar.

No cabalga;
se deja llevar por la lentitud de las aguas,
por su manera de avanzar y regresar,
por su antigua paciencia.

Extiende su presencia bajo el cielo,
mientras el sol toca lentamente las palabras.

Y dentro de ellas apareces.

Tu imagen surge despacio,
como una nube sobre el dorso del crepúsculo,
como algo que no busca imponerse
y, sin embargo, modifica todo aquello que toca.

Entonces pasa la luna.

Y al pasar se detiene.

Permanece junto a mi silencio,
como si hubiera encontrado en él una habitación abierta;
descansa cerca de mi aliento,
y al amanecer se inclina suavemente
sobre el campo de mi respiración.

A veces enciende mi alma.

Y cuando ocurre,
la esperanza deja de ser una promesa distante.

Se vuelve una llama pequeña y persistente,
algo que nace otra vez
en medio de la alegría.

Aquí guardo tu voz.

No la guardo como se conserva un recuerdo,
porque el recuerdo permanece inmóvil.

La guardo como se guarda una luz,
como se protege una llama del viento,
como se cuida aquello que continúa respirando
aun en la distancia.

Tu voz es clara como el sol sobre una hoja:
precisa,
secreta,
serena.

Permanece dentro de mi respiración más profunda,
como un espejo donde el rumor del mundo
encuentra otra claridad.

Y crece lentamente dentro de la noche,

hasta revelarme algo que ya estaba allí:

que ciertas palabras no sólo nombran lo amado;

también construyen el lugar
donde aquello que amamos
puede habitar.

Sentir la luz

 Desde el origen de esta luz que me atraviesa,
cuando la nube imaginaria todavía conserva
el temblor de lo no dicho,
comienza mi respiración.

No sé si el mundo nace afuera
o en la lenta abertura del pecho,
pero algo desciende hasta mí:
la colisión invisible de los átomos del agua,
el murmullo de la ola
que aprende a sostener la angustia
sin arrancarla del todo.

La habitación permanece inmóvil.
Un resplandor cenital cae sobre la mesa,
sobre la madera donde la tinta espera.
El aire azul de la tarde
rodea los objetos con una paciencia antigua,
como si cada cosa aguardara
el instante de ser nombrada.

Entonces tomo la pluma.

No para imponer una forma,
sino para escuchar.
Porque el lenguaje no pertenece del todo a quien escribe:
a veces abre apenas una grieta
por donde la presencia respira.

Así comienza el poema,
dulce y precario,
como una brasa resguardada entre las manos.

Miro el océano.

Inclino mis ojos hacia la profundidad
y escucho el movimiento de los peces
perderse bajo la sombra del agua.
Les hablo,
aunque sé que ninguna voz alcanza realmente el fondo.
Sin embargo, en ese gesto,
algo de mí se aproxima al mundo.

Después subo la montaña.

El ascenso es lento, helicoidal,
como si el cuerpo necesitara rodear la altura
antes de comprenderla.
El viento toca el follaje del insomnio.
Respiro.
Y en esa respiración
la tierra deja de ser paisaje:
entra en mí,
me habita.

Los ríos avanzan abajo
con una bondad silenciosa.
Nada retienen.
Pasan entre las piedras
sin preguntar por su destino.

Quisiera aprender de ellos.

Pero la inquietud permanece,
leve como una flor movida por el viento.
Las palabras flotan alrededor de mi rostro
y por momentos pierden su centro.
Entonces algo se rompe en el aire:
un equilibrio secreto,
una tensión invisible que sostenía el día.

Y yo quedo suspendido allí,
como una partícula errante
atravesada por una intensidad sin nombre.

Escribo sobre la roca a la deriva.

La noche desciende lentamente.
Una estrella inclina su resplandor sobre mi frente fatigada
y el mar devuelve un sabor amargo a los pétalos del recuerdo.
La sed vuelve a mi garganta.
La nostalgia abre su acantilado interior
y escucho el eco de mi propia respiración
golpeando contra el vacío.

Entonces apareces.

No como una imagen,
sino como una cercanía que modifica la luz.
Mis brazos avanzan hacia tu piel
con la fragilidad de aquello que teme desaparecer.
Y en el calor mínimo de ese encuentro
reconozco las sílabas de tu nombre
arder lentamente en la oscuridad.

Lo pronuncio en voz baja.

Y al nombrarte,
el llano, el viento, la distancia,
encuentran por un instante una ternura.

Como si el lenguaje,
antes de extinguirse,
pudiera todavía revelar
la forma invisible de nuestra permanencia.