William26🫶

Las Manos Llenas De Palabras

LAS MANOS LLENAS DE PALABRAS

 

 

 

Hay recuerdos...

 

que no regresan con fotografías.

 

Regresan con palabras.

 

Y a veces basta una hoja en blanco...

 

para volver a ser niño.

 

Esta es la historia de una de ellas.

 

No recuerdo el día exacto en que las palabras llegaron a mi vida.

 

No hicieron ruido.

 

No tocaron la puerta.

 

No anunciaron su presencia.

 

Simplemente estaban ahí, esperándome en alguna esquina de la infancia, entre los juegos de la calle, los días de escuela y los cuadernos usados que mis hermanos dejaban olvidados.

 

A veces eran apenas unas cuantas hojas en blanco.

 

Para otros no significaban nada.

 

Para mí eran territorio virgen.

 

Un lugar donde podía inventar mundos, cambiar finales, decir lo que en voz alta no me atrevía.

 

Mientras otros llenaban páginas con tareas, yo las llenaba con historias.

 

Con personajes que nunca existieron.

 

Con aventuras que jamás ocurrieron.

 

Con sueños demasiado grandes para el tamaño de aquel muchacho.

 

Y sin saberlo, ya estaba construyendo el refugio al que regresaría toda mi vida.

 

Después llegaron los poemas.

 

No por vocación literaria.

 

No por influencia de grandes autores.

 

Llegaron por culpa de las muchachas.

 

Porque hay edades en las que uno descubre que el corazón habla un idioma extraño y busca cualquier manera de hacerse escuchar.

 

Entonces escribía versos.

 

Versos ingenuos.

 

Versos torpes.

 

Versos exagerados.

 

Pero eran míos.

 

Y en cada uno dejaba una parte de mí que no sabía expresar de otra manera.

 

También llegaron las canciones.

 

Mucho antes de entender cómo se construía una.

 

Mucho antes de conocer palabras como métrica, estructura, armonía o composición.

 

Yo simplemente escribía.

 

Porque algo dentro de mí necesitaba hacerlo.

 

Porque había emociones que no cabían en una conversación.

 

Porque había preguntas que solo encontraban respuesta sobre el papel.

 

La vida siguió avanzando.

 

Como avanza para todos.

 

Con sus triunfos.

 

Con sus derrotas.

 

Con sus amores.

 

Con sus despedidas.

 

Con esos días en que uno se siente invencible y con esos otros en que apenas logra mantenerse en pie.

 

Y mientras muchas cosas cambiaban, hubo una que permaneció.

 

La necesidad de escribir.

 

A veces con entusiasmo.

 

A veces con disciplina.

 

A veces con dudas.

 

Pero siempre escribiendo.

 

Porque descubrí que las palabras no solo sirven para contar historias.

 

También sirven para entender la propia.

 

Más de una vez me senté frente a una hoja sin saber exactamente qué estaba buscando.

 

Y terminé encontrándome a mí mismo.

 

En una frase.

 

En una imagen.

 

En un verso.

 

En una canción.

 

Los años pasaron.

 

Y el espejo empezó a devolverme el rostro de un hombre distinto.

 

Con más arrugas.

 

Con más recuerdos.

 

Con algunas cicatrices invisibles.

 

Con menos certezas y más experiencias.

 

Pero también con la misma fascinación que sentía aquel niño frente a una página vacía.

 

Porque hay cosas que envejecen.

 

Y hay cosas que maduran.

 

La pasión por escribir pertenece a las segundas.

 

Hoy ocupo parte de mis días haciendo lo que siempre he amado.

 

Escribiendo.

 

Corrigiendo.

 

Imaginando.

 

Persiguiendo una idea hasta convertirla en poema.

 

Tomando una emoción hasta transformarla en canción.

 

Y ahora la tecnología me acompaña en este viaje inesperado.

 

Herramientas que antes parecían imposibles permiten que las palabras encuentren melodías, que los versos encuentren voz, que las historias encuentren nuevos caminos.

 

Pero en el fondo, todo sigue comenzando igual.

 

Con una emoción.

 

Con un recuerdo.

 

Con una página vacía.

 

Porque la esencia no ha cambiado.

 

Sigue siendo aquel muchacho que descubrió un tesoro en los cuadernos abandonados de sus hermanos.

 

Sigue siendo el joven que escribía poemas para enamorar.

 

Sigue siendo el hombre que conversa con la vida a través de las palabras.

 

Y mientras me quede memoria, mientras me acompañe la imaginación, mientras el corazón conserve algo que decir,

 

seguiré escribiendo.

 

No para alcanzar la fama.

 

No para vencer al tiempo.

 

No para dejar monumentos.

 

Sino porque escribir es una de las formas que encontré de estar vivo.

 

Y porque cada poema, cada cuento, cada canción,

 

es una prueba silenciosa

 

de que pasé por este mundo con los ojos abiertos, el corazón atento

 

y las manos llenas de palabras.