Hay gente que se besa desesperadamente
como si la fusión fuese una promesa,
como si en ese choque de bocas
pudieran suspenderse por un instante
las leyes del tiempo
y la gravedad del miedo.
Hay gente que compone poemas
para amantes lejanos,
porque escribir un verso
es la manera más antigua
de tocar a alguien sin tener su cuerpo.
Hay gente que cuenta sus miedos y heridas
y entrega las llaves de su dolor
como quien deja abierta la puerta de su casa
en medio de la noche,
sin saber si entrará un abrazo
o un incendio.
Hay gente que viaja muchos kilómetros
por un par de tetas lindas
y unas sonrisitas indiscretas,
porque el deseo también tiene brújula
y a veces apunta
más certero que cualquier mapa.
Hay gente que imagina
el calor de la piel ajena,
y se masturba
con la dulce voz de las musas,
como si la imaginación
fuera un incendio pequeño
que arde en secreto
dentro de la carne.
Hay gente realmente loca
que llora de amor y de gratitud,
que se descubre un día
con los ojos mojados
solo porque alguien existe.
Hay gente que guarda nombres
como quien guarda brasas,
y sopla sobre ellos
cada vez que llega la noche.
Hay gente que se atreve
a decir lo que siente
aunque se rompa el pecho
en el intento.
Y luego estamos los otros,
los verdaderamente dementes:
los que tomamos todo eso
los besos,
las lágrimas,
la distancia,
el deseo,
las tetas lindas,
las voces que incendian la imaginación
y lo convertimos en palabras.
Porque escribir sobre el amor
no es una prueba de cordura.
Es una confesión.
Una manera elegante
de admitir
que también estamos perdidos
en el mismo delirio
que todos los demás.