hay problemas que no se arreglan con alcohol, ni con golpes a la pared, ni con golpes de pecho.
Hay problemas que se arreglan con abrazos y un café tibio, con unas manos tibias y suaves que me dicen:
—Calma.
Pero desde que te fuiste, la calma se fue contigo.
Te fuiste tan pronto después de haber llegado, que dejaste la marca de tus manos en mi espalda como un sello de tu inolvidable ausencia, algo que me recuerda que soy tuyo.
Y mis ojos, agonizantes ante tal presagio, llovieron de dolor.
Te vi abrazarlo a él como alguna vez quise que me abrazaras a mí.
Moldeaste tus brazos en la cintura de aquel tipo, y él moldeó sus manos en los peligrosos peldaños de tus caderas.
Te vi quererlo a él como deseé que me quisieras a mí.
Pero hay cosas que no puedo obtener, ni rogándolas.
Como que te quedaras.
El abismo profundo de mi alma rotó de horizonte a horizonte, formando la primera letra de tu nombre.
Grita como si tuviese piel, como si la tocaras, como si tus manos, calientes de aquel amor fugaz por el cual mi amor fue desechado, quemaran mi alma como una brasa al rojo vivo.
Como si tu mirada, como si tus palabras, fueran capaces de dañar la coraza de mi alma.
Porque me sentí acorralado; tenerte al lado inmovilizó mi cuerpo, mis ideas, mi corazón.
Lograste dañarme,
pero no lograste que dejara de amarte.