Hay una condena,
de esas que no se nombran
pero nos describen.
La que no se proclama,
la que vive escondida
entre el rechazo y la esperanza,
entre mis silencios repetidos
y los tuyos,
que me llevaron una y otra vez
al mismo rincón donde todo comenzó:
extraños,
en habitaciones cargadas
de recuerdos mutuos.
Mi piel reclama
lo que tu voz calla,
y mi memoria,
incansable,
grita en el vacío
por un amor que quizás desconoces.
Respeté tus distancias,
tus ausencias,
tus halagos perdidos en el tiempo.
Pero es mi memoria
la que vuelve a recorrer
cada centímetro de tu piel,
la que revive la sensación de tus labios,
y cada absurdo intento
que nunca hiciste.
Y te escribo.
Mil veces te escribo.
Las palabras se reproducen
como una herida que se niega a cerrar.
No paro.
Mis manos tiemblan si no lo hago.
Construyo y reconstruyo
un ego desgastado,
juzgado por infinitas probabilidades
que jamás se cumplen.
Y las detesto.
Y aquí estoy de nuevo,
llamándote en mis pensamientos,
ocultándote en mis letras,
pronunciándote con la boca,
con esta necesidad insaciable
de volver a tenerte.
Y tú,
en silencio.
En un tortuoso silencio
que no comprendo.
En un tortuoso silencio
que respeto.
Porque no alimentas mis pecados,
aunque mil veces agobies mis penas.
Y aun así te encuentro
en la memoria de mis manos,
en la sombra de cada caricia,
y en el eco de una voz
que todavía te recuerda