José de Jesús Camacho Medina

En el fulgor distante de nuestras galaxias

Hoy se cumplen 9 meses de la partida física de mi señor padre. Desde que en aquel crepúsculo cerró sus párpados, ahora mi padre reside en las constelaciones de la memoria, donde aspira a ser perpetuo y a estar más vigente que nunca. 

Solo en los tersos valles del recuerdo residen las notas que aminoran, aunque sea un poco, su ausencia en la cotidianidad de los días.

Lo seguimos extrañando. Hay semanas en las que a diario lo pienso, pero el Universo es así: lo único que permanece constante es el cambio. 

A veces siento la necesidad de contar con su abrazo, su consejo o su plática. A ver cómo nos va el Día del Padre, que ya se aproxima; será el primero que nos tocará sin verlo sentado, dispuesto a degustar su platillo favorito: las enchiladas.

Sigo comprobando que los muertos no se marchan del todo y que la muerte, al final, no es un muro; pero si trae consigo un calendario infinito de nostalgia.

El otro día miraba al cielo y, de pronto, en las nubes percibí la figura de mi papá llevando en sus manos algunos rayos de sol, fue obra de la melancolía por no poder verlo.

Nosotros seguimos aquí, arando los surcos de la ausencia. Y en cada conversación donde su nombre florece, en cada fotografía que el tiempo se empeña en triturar, en cada detalle,  mi padre regresa.

Mi padre permanece vivo en nosotros, esa es una forma de inmortalidad.

En el fulgor distante y a la vez cercano de nuestras galaxias, recibe mi abrazo, jefe.