La devoción no hace ruido,
camina en silencio y con paciencia,
como una llama que no se apaga
aunque el viento desafíe su existencia.
Es la mano que nunca abandona,
la palabra que sabe esperar,
el corazón que sigue creyendo
cuando otros dejan de soñar.
La devoción es un puente eterno
entre la fe y la voluntad,
una promesa que permanece firme
frente a la duda y la adversidad.
No busca gloria ni recompensa,
ni aplausos al caminar;
su fuerza nace del alma
y de un profundo amar.
Y así, bajo cielos cambiantes,
entre la sombra y la luz,
la devoción sigue su camino,
fiel a aquello que conduce.