La bahía tenía cierto deje a nostalgia,
y la orilla danzaba,
con un trazo invisible
constelación de agua sin reflejo,
y la espuma eran puntos en la gran cicatriz
de la resaca,
esa imborrable línea del contacto.
En la arena, fugaz.
Y la arena es el mar que abandona su cuerpo.
Algo de alma se funde con la tierra,
transparenta el espacio y azulea la incógnita
de la luz,
y responde a la única cuestión:
“Sí que puede cambiar el tono y el color del universo.”
II
La lumbre alimentaba los espacios,
cuando el hambre cerraba mis ojos en un puño.
Te vi llegar, nutrida de deseo,
perseguida por soles favorables,
arrebol y mirada,
cumpliendo tus promesas calladas y nacidas en un sueño.
Recuerdo aquel encuentro en el que naufragué,
cuando intenté tocarte sin haberte besado,
sin haber visto el haz que desprendías,
fui a ciegas, fui muy yo, poca luz, poco tú.