Luis Barreda Morán

Desprendimiento

Desprendimiento

No siempre es el invierno quien llama a la puerta,
ni el otoño quien tiñe de cobre los caminos.
A veces la estación del desprendimiento
despierta en silencio dentro del pecho,
sin calendario,
sin anuncio,
sin hojas visibles que delaten su llegada.

Entonces algo comienza a crujir suavemente
en las ramas secretas del alma.

No es tristeza.
No es derrota.
No es final.

Es la vida acomodando sus habitaciones,
moviendo los muebles de la memoria,
abriendo ventanas que llevaban años cerradas.

Hay momentos en que el corazón comprende
que ciertas historias ya han dicho todo lo que tenían que decir,
que algunos nombres ya han pronunciado su última enseñanza,
que ciertos sueños, aun siendo hermosos,
fueron creados para acompañarnos un tramo
y no para permanecer para siempre.

Pero soltar nunca resulta sencillo.

Las manos de la costumbre
aprenden pronto el oficio de aferrarse.
Construyen refugios con lo conocido,
levantan altares con los recuerdos,
y terminan confundiendo permanencia con amor.

Por eso duele.

Porque creemos perder
cuando en realidad estamos haciendo espacio.
Porque imaginamos vacío
donde la existencia prepara un nacimiento.
Porque olvidamos que toda semilla
necesita primero la oscuridad de la tierra
antes de convertirse en bosque.

La naturaleza lo sabe.

Lo sabe el río que no guarda sus aguas.
Lo sabe la nube que entrega su lluvia.
Lo sabe la luna cuando desaparece del cielo
para volver renovada.

Nada verdadero permanece inmóvil.

Todo respira.
Todo cambia.
Todo se transforma.

Y nosotros,
que tantas veces soñamos con controlar el rumbo,
somos también criaturas de la mudanza.

Hay un instante sagrado
en el que la vida nos invita
a abrir los dedos.

No para renunciar,
sino para confiar.
No para abandonar lo amado,
sino para permitirle cumplir su destino.

Porque aquello que debe quedarse,
encontrará la forma de permanecer.
Y aquello que debe partir,
llevará consigo una parte de nuestra historia
para convertirla en aprendizaje.

He visto personas resistirse durante años
a una puerta que ya estaba cerrada.
He visto almas agotadas
intentando revivir estaciones concluidas.

Y también he visto el milagro:
el milagro de quien acepta el cambio,
de quien deja ir una antigua versión de sí mismo,
de quien se atreve a caminar ligero,
sin cargar los muebles rotos del pasado.

Entonces sucede algo extraordinario.

La luz entra.
No porque haya llegado desde afuera,
sino porque por fin encuentra espacio para habitar dentro.

Y donde antes hubo ausencia,
aparece posibilidad.
Donde antes hubo despedida,
nace un camino.
Donde antes hubo miedo,
crece una confianza nueva,
más profunda,
más serena,
más verdadera.

Quizás hoy no sea tiempo de acumular.
Quizás sea tiempo de vaciar.

Vaciar los rencores.
Vaciar las expectativas imposibles.
Vaciar los disfraces que ya no nos representan.

Vaciar para escuchar.
Vaciar para recibir.
Vaciar para recordar
que la vida nunca deja un espacio libre
sin sembrar allí alguna promesa.

Por eso, cuando llegue tu hora de transformación,
no luches contra cada corriente.
Escucha.

Hay una sabiduría antigua
hablando en el lenguaje de los ciclos.
Hay una música invisible
guiando cada despedida.
Y hay una versión más amplia de ti
esperando al otro lado de aquello
que hoy temes dejar atrás.

Camina hacia ella.
Con serenidad.
Con gratitud.
Con la certeza de que nada esencial se pierde.

Porque la existencia no nos pide desaparecer,
sino renovarnos.
Y cada vez que soltamos lo que ya terminó,
la vida abre sus manos
para entregarnos lo que está por comenzar.

—Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA
Septiembre, 2021.