Hay momentos en que no logro engañar a mis penas,
a mis miedos,
y a mi realidad.
Hay momentos en que la vida me pilla frágil,
haciéndome sentir el peso de las ausencias
de quienes ya no están conmigo.
La angustia me acecha,
volviéndome vulnerable;
de pronto el mundo se me hace sofocante.
Mi pecho se aprieta como un abrazo de la vida
que busca despedirse de su esencia.
Mis lágrimas golpean mis pupilas,
buscando salir de su cautiverio
para recorrer mis surcos y perderse en ellos.
Y en mi lucha por sobreponerme,
endurezco mi mirar para impedir
a mi llanto salir.
Le susurro con dureza y coraje a mi mente y a mi corazón,
pero con cierta súplica y anhelación,
que no perdamos el control.