Hay un dolor tan profundo
que no deja cicatrices en la piel,
pero marca el alma en silencio
como la lluvia marca el papel.
Es el dolor de una despedida,
de un sueño que no llegó a nacer,
de palabras que nunca se dijeron
y de promesas que no pudieron ser.
Camina oculto entre sonrisas,
se esconde detrás de cada mirar,
y aunque el tiempo siga avanzando,
hay heridas que tardan en sanar.
Pero incluso el dolor más increíble
no puede apagar toda la luz,
porque después de la noche más oscura
siempre vuelve a salir el sol.
Y quien aprende de sus lágrimas,
descubre una gran verdad:
que el corazón puede romperse,
pero también volver a amar.