Oh, poderoso Señor,
Tú que todo lo castigas,
¿cómo has permitido
que las alimañas invadan el templo
de la poesía en México?
Tú las expulsaste de lo que llamaste
la casa de Dios.
¡Hasta dónde hemos llegado!
Allí donde la identidad cultural
es arrojada al cesto del olvido.
Poco importa ya que el recinto
de los poetas lleve el nombre
de Ramón López Velarde,
el insigne bardo de la “Suave Patria”.
¿Para esto ansiaron el poder,
en su arrogancia,
los descendientes de Atila?
El vuelo del ave fénix no se detiene;
el Oráculo de Apolo en Delfos
resiste con almas libertarias.
Dejad que las columnas invisibles,
heredadas de la sublime Grecia,
sean, una a una, derribadas.
Nada hay que hacer ante la barbarie,
hasta que la negra desolación
y el desierto que atenta contra la vida
avancen, convertidos en morada
de las nauyacas mexicanas de pestañas.