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Nació donde el Pacífico
le canta al amanecer
en la tierra de Tepic
donde aprendió a florecer.
Fue un niño de fe temprana
de silencioso fervor
que halló en los libros un rumbo
y en la palabra, un fulgor.
La pobreza llamó un día
a las puertas del hogar
y dejó el claustro y los sueños
para salir a luchar.
Se hizo hermano del periódico
viajero de redacción
y cambió la vieja sotana
por la tinta y la canción.
Cantó al amor y al misterio
a la pena y al azul
fue sembrando modernismo
como quien siembra una luz.
Entre perlas negras hizo
su primer jardín verbal
y en sus versos fue creciendo
su destino universal.
Madrid lo vio entre embajadas
París lo escuchó soñar
entre cafés y tertulias
aprendió nuevos cantar.
Mas llevaba en la maleta
una nostalgia tenaz:
la de buscar en el alma
la senda de la verdad.
Amó con llama profunda
con ternura y devoción
cuando la muerte le hiriera
transformó el dolor en voz.
Y de aquella herida inmensa
que jamás quiso olvidar
brotó una fuente de versos
para aprender a aceptar.
Buscó en Oriente respuestas
en la calma y la quietud
halló serenas palabras
para abrazar la inquietud.
Ya no quiso los adornos
ni el brillo artificial
prefirió la transparencia
de la emoción esencial.
Y cuando llegó el ocaso
de su jornada mortal
bendijo a la propia vida
sin rencor ni deslealtad.
Porque supo que en el hombre
vive un secreto capaz:
hacer miel de las amargas
uvas de la adversidad.
Murió lejos de su tierra
junto al río y junto al mar
pero su voz permanece
como campana inmortal.
Amado Nervo aún camina
por la memoria y la paz
quien lea sus viejos versos
lo volverá a escuchar.
Canta, guitarra del tiempo
vuelve su nombre a nombrar
que mientras exista un verso
Nervo no morirá jamás.
Que mientras exista un alma
con sed de serenidad
sus palabras serán puerto
luz, consuelo y claridad!
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Todos los derechos reservados los
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