Eran las nueve y treinta de la noche,
como el último día del verano.
Era una flecha persiguiendo un iceberg,
en la estación de los acantilados.
Era también un lago de cenizas
donde crecieron miles de geranios.
Eran las once con cuarenta y cinco
y todas las hojas cayeron del árbol;
las bellas guirnaldas seguían dormidas
y el regio jinete del yelmo dorado
tiraba su lanza al centro del insomnio
sin tener la fuerza para derribarlo.
Era la una… una menos quince,
hora del eterno correligionario
que siempre miró detrás de la rendija
la vida fantástica del ermitaño,
del hombre que sueña con la madrugada
y con los amores que lo condenaron.
Marcaba el reloj las tres cincuenta y seis,
y la luna nueva con su traje blanco,
recibió con júbilo la poesía
con versos que huelen a un tiempo pasado.
Ojalá su cuerpo virginal y puro
por primera vez vaya de brazo en brazo…
…Ha cantado el gallo, salta la rutina
y comienza el mundo sus afanes diarios;
pero aquella niña que vio la alborada,
pisa las espinas sin tener zapatos
para que los necios sepan que a la gloria
se llega más fácil con los pies descalzos.