Siempre con ella, a la sombra avanza,
hacia mí, parca, la misericordia;
viene, creo, de educación espartana
y de una autocrítica infinita y desmesurada.
La remembranza, casi ya olvidada,
de mi locura y osadía infantiles;
es hoy una prudencia silenciosa,
y el deseo se aparta ante la paciencia.
De pequeño lo llamaban locura;
más bien era, quizá, rabia e ironía,
un dolor que mi corazón oprimía
y que el tiempo ralentiza y amortigua.
Mi compañera y amiga, la duda.
Aunque desde hace poco tengo más fe,
comprendo que muy poco depende
de mi valor, mi empeño o mi destreza;
acepto y convivo con la pena y la derrota.
E incluso empiezo a ser más crítico con los demás:
muchos avanzan menos y reciben mejores cartas;
carecen de autocrítica, les bastan las excusas.
Quizá el destino lo marque el número
y la frecuencia de las caídas.