Algo murmuran las nubes
en este poema llamado cielo:
No intentes grabar tu nombre en la piedra;
la realidad es apenas un castillo de arena
que las olas del tiempo terminarán por demoler.
El viento nunca le perteneció a nadie, fue el pájaro que nunca se dejó atrapar y algún día el crepúsculo cerrará sus parpados.
Solo la flor sembrada será una eco resonando en la concha del por siempre.