José Honorio Martínez Ochoa

La respiración del atardecer

La respiración del atardecer

 

En los atardeceres
la lluvia despierta a los árboles que aman.

Desciende lentamente sobre las ramas,
no como algo que cae desde lo alto,
sino como una respiración antigua
que vuelve a tocar aquello que permanece esperando.

Y los árboles responden.

Sus hojas tiemblan apenas,
su silencio cambia de forma,
como si algo oculto en su interior
hubiera reconocido una llamada.

Entonces vibra el alma del paisaje.

No la veo:
la percibo abriéndose lentamente entre la luz y la sombra,
como una presencia que busca un lugar donde permanecer.
Y en mi mano queda una claridad pequeña,
una fuente serena donde el pensamiento se inclina
y aprende a reposar.

Permanezco allí un instante,
mirando cómo la tarde se retira lentamente del mundo,
cómo deja sobre las cosas
la huella de su paso silencioso.

Y desde esa quietud me acerco a ti.

Con mis manos dibujo sobre tu rostro
la memoria de una estrella.

No para retenerla,
porque la luz no pertenece a quien la mira;
sólo deseo acompañar su aparición,
estar cerca de aquello que se revela.

Entonces tu nombre comienza a brotar en mi pecho.

Asciende con la gracia del trigo,
con esa forma callada de atravesar la tierra
hasta alcanzar el aire.

Y comprendo que ciertos nombres
no se limitan a nombrar;
abren una cercanía,
levantan un refugio invisible,
hacen espacio para que algo exista entre nosotros.

La frescura de abril atraviesa el día.

Alimenta lentamente el néctar de la luz,
como si el mundo guardara una dulzura secreta
que sólo aparece cuando las cosas
encuentran el tiempo necesario para mostrarse.

La miel lleva consigo el zumbido de la abeja,
su pequeño viaje entre las flores,
su trabajo silencioso sobre el aire.

Es la sangre tranquila del sol en la mañana,
una hoja de primavera sostenida por los astros,
una forma de claridad
que ha aprendido a permanecer.

Entonces el mar comienza a acercarse.

No llega con estruendo;
avanza lentamente con su respiración profunda,
con su antigua manera de entrar y retirarse,
como si también él buscara
el lugar donde descansar su movimiento.

La luz viaja entre aromas,
atraviesa distancias invisibles,
y siento que algo nos espera,
algo que no está delante ni detrás,
sino abriéndose lentamente entre nosotros.

Quizá el destino no sea un punto lejano.

Quizá sea esta manera de aproximarnos,
esta forma de permanecer cerca
sin apresurar aquello que nace.

Mis ojos avanzan hacia ti.

Ya no buscan alcanzar una galaxia,
ni atravesar la velocidad del universo;
aprenden otra medida:
la lentitud de aquello que ama.

Y detrás del horizonte
comienzo a hilar el beso,
como quien une dos orillas
con un hilo apenas visible.

Me aproximo lentamente,

con la cifra secreta de la ternura,

porque hay cosas que sólo se revelan
cuando dejamos de perseguirlas

y aprendemos, simplemente,
a habitar su presencia.

Lo que el mar guarda

 El gran mar está delante de nosotros.

Por un instante parece detener el velo del cielo,
como si quisiera sostener entre sus aguas
algo que todavía no ha terminado de revelarse.
Permanece allí, inmenso,
respirando lentamente,
abriendo y cerrando su profundidad
como un pecho antiguo que sostiene el mundo.

Las olas derraman la brisa sobre el mediodía.

Van y vuelven.
Nunca abandonan del todo aquello que dejan atrás.
Regresan con la paciencia de una memoria
que aún busca su forma.

Escucho el crujir leve del aire,
su roce entre la luz y el agua,
y en ese movimiento tu cuerpo parece desprenderse del tiempo.

No desaparece:
simplemente deja de obedecer la prisa de las horas.
Permanece cerca,
como una presencia que encuentra por fin
un lugar donde habitar.

Desde el fondo del mar asciende un reflejo.

No sé si nace del agua
o de algo que el agua guarda;
parecen estrellas dormidas en la profundidad,
fragmentos de una noche antigua
que todavía continúan respirando bajo la superficie.

Entonces el mar se vuelve lento.

Y en su vaivén comienzan a reunirse las imágenes:
la dulzura del oleaje,
la luz inclinándose sobre la espuma,
la luna abriéndose lentamente
como una claridad que busca tocar las cosas.

La noche atraviesa tu cabello.

Permanece allí,
moviendo apenas el viento sobre tu espalda,
como si la oscuridad hubiera aprendido
una manera delicada de acariciar.

A esta hora la brisa desciende sobre tus hombros.

Y mis dedos avanzan hacia ti
con una lentitud desconocida,
como un río que descubre su cauce
mientras avanza.

Hay algo extraño en la ola.

Algo transparente en el aire,
algo que vacía la memoria del tiempo
y deja únicamente el instante abierto entre nosotros.

Entonces me lleno de tu existencia.

Y siento que mi nombre madura lentamente en el papel,
como si las palabras hubieran esperado este momento
para encontrar una forma verdadera.

Los follajes de la luna descienden sobre mis ojos,
sobre mis rodillas,
y dejan una claridad suspendida en el cuerpo,
como una escritura que nadie ha pronunciado todavía.

El mar me envuelve con su aroma.

El cielo se desliza entre transparencias,
y el sol deja pequeñas incisiones sobre el agua,
señales dispersas
de algo que intenta decirse.

La ola toma la luz,
la sostiene un instante en su temblor,
y después la devuelve lentamente
a la superficie del mundo.

En tu corazón arde mi mirada.

La noche vibra alrededor de nosotros,
las nubes abandonan su peso,
y siento que el tiempo deja de avanzar
para comenzar simplemente a permanecer.

La luna desciende dentro de mí.

Miro la ola pensativa,
mientras la piedra se pule en el encuentro silencioso del agua,
y el recuerdo encuentra una orilla
donde reposar sin desaparecer.

El viento serpentea con su transparencia.
La tarde deja abierto su fruto encendido.
Las luces de la ciudad comienzan a disolverse
en la respiración lenta del mar.

Y entonces comprendo:

no era el agua únicamente lo que miraba,
ni la noche,
ni el movimiento de las olas.

Era algo que permanecía allí desde el comienzo,
esperando una palabra,

esperando una mirada,

esperando un lugar donde revelarse.