Diego Ascanio

La víspera de la muerte

Como si se tratara de un ataque cardíaco, el joven Roma saltó de su cama la madrugada del primer lunes de verano, para darse cuenta que su cuerpo rígido se mantenía postrado entre las cobijas. Lo primero que sintió fue un terror gélido. Recordó los motivos que lo habían llevado a abandonar su hogar tan temprano y comprendió que ninguno justificaba realmente su emancipación

El horror aumentó al percatarse que nadie se daría cuenta de su paradero y que su cuerpo se perdería en aquella casa. Intentó llorar, pero ya no le salían lágrimas, solo un fuerte dolor en el pecho que no podía explicar se mantenía con fuerza.

Buscó por todos los medios salir de la habitación, pero no encontraba la manera, quiso abrir la ventana y las fuerzas no eran suficientes, trató de atravesar la puerta, pero solo rebotaba hacia dentro. Así pasó el tiempo, el polvo en los muebles, las hojas muertas de otoño, el desgaste de su cara. Todo se había ido y con ello, sus lóbregos intentos de ir en busca de ayuda. Su conciencia poco a poco se fue apagando hasta quedar nula.

Años más tarde, de un salto, se levantó de su cama, miró otra vez hacia ella y no halló nada, corrió a la ventana, la pudo abrir, era lunes por la mañana, el verano apenas iniciaba.