Gabriel Hernán Albornoz

Auschwitz

Auschwitz

 

Lo arrancaron de la cama una madrugada,

lo separaron de su esposa y sus hijos.

Lo subieron al vagón de un tren sin nada,

no sabía cual sería el final de su destino.

Presagiaba muerte, su tristeza lo anticipaba,

pero ella del dolor, solo sería el principio.

 

La muerte todo el tiempo lo observaba,

con ojos hondos como precipicio.

Desprecio le asestaban sus palabras,

calor inhumano a veces, o agonía de frío,

según el clima o el humor de quien vigilaba.

 

Pies descalzos sobre nieves de ríos,

traslados entre miles, personas asfixiadas, 

frío y calor, sin ventilación y sin abrigo,

y el hambre que a alimentar ya comenzaba, 

sus caídas, sus miserias y su olvido.

 

Que la cabeza para mirarlo no levantaran 

un raza aria con un golpe le dijo

sobre los huesos, sobre su piel lastimada

que ya no le servía ni de sostén, ni de nido. 

No le quedaban recuerdos, no tenía nada:

ni pan, ni dignidad, ni familia, ni amigos. 

Habían reducido su cuerpo a la mitad,

hasta su sombra se había rendido.

 

Resignado deseó fuera su pronto final,

empezó a hacer todo aquello prohibido.

El fin quería, con un golpe de un militar.

A la muerte desde el piso miraba con cariño. 

Pero cuando levantó la vista, ya sin dignidad...

 

La vio...

 

Vio sus ojos azules del otro lado del tejido. 

Su cuerpo destruido igual que el suyo.

Su alma muerta y sus temblores de frío.

 

La vio...

 

Vio sus ojos azules y encontró un mundo,

pequeño, menos desprecio y menos martirio,

ahora con una razón, un suspiro lo contuvo,

razón pequeñita que le pedía vida a gritos.

 

La vió.

 

Debía darle fuerza a esos ojos azules suyos

que le suplicaban no deseara lo mismo:

la muerte serena que los alejara del humo

en que sus pares ya se habían convertido. 

 

La vió.

 

¡No te rindas! lLe suplicó, ojos mudos...

No te rindas, nos quieren vencidos.

Espérame, si me buscas te busco.

¡No te entregues!... Es el último sacrificio,

parecían decirle esos ojos de mar oscuro.

 

La vió.

 

Y una suave sonrisa o algo parecido

le susurró que ya no eran solo un número.

Esos ojos azules le devolvieron el sentido,

y con ellos calmó un insomnio de muchos.

Pues supo que en la mañana... 

podrían haberse ido...

Con todo lo que amaba

como lo que alguna vez había tenido.

No le quedaba nada.

Solo esos ojos azules. Ayer lo habían visto.

No era un fantasma. 

Esos ojos azules... ayer lo habían visto...

 

Continuará...

 

AUTOR: ELHEN AMORADO