Darío Méndez

La mujer que habla con los dolores.

¿Por qué estoy triste? 

Eso preguntaría

a la mujer que conoce 

el secreto de cada herida.

 

¿Por qué se angustia

 mi alma sin reparos?

¿Por qué se pone gris

 mi cielo en verano?

 

¿Por qué mi pecho

 se siente como espina?

¿Por qué no encuentran

 descanso mis retinas?

 

La mujer que habita en el misterio

tiene una pequeña botella de ungüento.

Al frotar sus manos con ese aceite,

el bosque me susurra

por dentro.

 

Sus dedos avanzan despacio.

Escuchan cada dolor,

cada herida.

Preguntan por cada duelo,

por cada sombra de agonía.

 

Se detienen donde el miedo

ha construido su guarida.

Se inclinan sobre las penas

que han crecido a escondidas.

 

Y entonces dice:

 

—Tu cuerpo recuerda

lo que tu memoria olvida.

 

Hay lágrimas antiguas

durmiendo en tus costillas

Hay sueños abandonados

que aún llaman tu nombre.

 

Mientras habla,

sus manos recorren mi espalda.

Y siento moverse la tristeza,

como una serpiente cansada

que abandona lentamente

su piel vieja.

 

El ungüento desprende

olor a tierra mojada,

a hojas silvestres,

a lluvia sobre piedra.

 

Y por un instante

escucho dentro de mí

el canto lejano de los árboles,

el lenguaje secreto de los ríos.

 

He visto a los viejos chamanes

en los sueños, en los libros,

y reconocería su magia,

aunque cambiara de rostro.

 

Esa mujer que habla con

los dolores

 

Ha devuelto el aire

a las habitaciones de mi alma.

Ha recuperado el color

de mis jardines perdidos.