¿Por qué estoy triste?
Eso preguntaría
a la mujer que conoce
el secreto de cada herida.
¿Por qué se angustia
mi alma sin reparos?
¿Por qué se pone gris
mi cielo en verano?
¿Por qué mi pecho
se siente como espina?
¿Por qué no encuentran
descanso mis retinas?
La mujer que habita en el misterio
tiene una pequeña botella de ungüento.
Al frotar sus manos con ese aceite,
el bosque me susurra
por dentro.
Sus dedos avanzan despacio.
Escuchan cada dolor,
cada herida.
Preguntan por cada duelo,
por cada sombra de agonía.
Se detienen donde el miedo
ha construido su guarida.
Se inclinan sobre las penas
que han crecido a escondidas.
Y entonces dice:
—Tu cuerpo recuerda
lo que tu memoria olvida.
Hay lágrimas antiguas
durmiendo en tus costillas
Hay sueños abandonados
que aún llaman tu nombre.
Mientras habla,
sus manos recorren mi espalda.
Y siento moverse la tristeza,
como una serpiente cansada
que abandona lentamente
su piel vieja.
El ungüento desprende
olor a tierra mojada,
a hojas silvestres,
a lluvia sobre piedra.
Y por un instante
escucho dentro de mí
el canto lejano de los árboles,
el lenguaje secreto de los ríos.
He visto a los viejos chamanes
en los sueños, en los libros,
y reconocería su magia,
aunque cambiara de rostro.
Esa mujer que habla con
los dolores
Ha devuelto el aire
a las habitaciones de mi alma.
Ha recuperado el color
de mis jardines perdidos.