Rafael Blanco López

Geografía del asombro

He llegado a casa nuevamente.

 

En el viejo sillón descansa mi maleta, como si también ella hubiera aprendido el cansancio feliz de los caminos.

 

Entrecierro los ojos.

 

Respiro profundo.

 

La casa tiene ese silencio conocido que sólo existe cuando uno vuelve, como si las paredes recordaran el nombre de quien estuvo ausente.

 

Entonces, inclino el alma hacia el cielo y digo, en la quietud de este instante:

 

Gracias, Dios, por haberme permitido mirar lo inmenso sin sentirme perdido.

 

Gracias por el agua indomable, por las alturas hechas hielo que rozan el misterio, por el horizonte extendido como una promesa ante los brazos que te representan, pero sobre todo por el asombro inesperado que me encontró desprevenido.

 

Gracias por hacerme testigo de una belleza tan vasta que a veces parecía imposible de sostener en los ojos.

 

Gracias porque entre tanta grandeza, también supiste hablarme al corazón con la sencillez del viento, la paciencia de la piedra, el murmullo del agua y el lenguaje silencioso del cielo.

 

Retomo este lápiz y plasmo mis palabras, quizás porque entendí que la creación entera es una carta abierta de Dios: el hielo que resiste, el agua que cae, las alturas que abrazan, la piedra que contempla, la ciudad que respira, y este corazón mío, que después de caminar entre maravillas, ha regresado más pequeño, pero infinitamente más agradecido.

 

-----------

Rafael Blanco López 

Derechos reservados