(En la última esquina de los fuegos poéticos)
Dígame, colega, ¿no cree que imitamos a los monos como lo hacen los pájaros de los conventos con nosotros? Creemos en un dios rufián, parcial y lúcido, y en toda esa mierda del romanticismo santo. Si el milagro no se viene a pique, la plegaria abarcaría una plaza de pueblo. ¿Todo esto es una opereta estrafalaria o son alucinaciones que una coctelera boba mezcla con los sueños?
¿Dígame, usted piensa que esta vida está prescrita por calvos monjes, o que un gran zahorí un poco cíclope, un poco cretino, con un péndulo, nos bañará de ofertas y sortilegios? ¡No! El cosmos gruñe, el polvo no es arcilla; esta vida es un maldito dado ovalado que gira a los tumbos y que hoy mismo embrutece mi fortuna.
Mire esos pasillos grises. Esos húmedos pasillos eran mis lugares preferidos para reírme de los espejos, reírme del retorcido que me habita, leer e imaginar. Leer a Cortázar, a Pizarnik, cuidar a las ratas que alguna vez me guiaron; y allí Fride bailaba y giraba cual trompo mágico de esperanzas. Esto hoy es algo pesadillesco: un monte ruin repleto de un millón de ojos oscuros…
Seguimos imitando a las lombrices en el amor. Creemos que trepamos —bien digo— y solo nos arrastramos por las ramas. Y eso del amor... esa palabra tan navajera, tan satírica, tan interesada como un pastor…
¿Fue cadáver perfumado usted? ¿Lo vistieron pituco para un velorio sabiendo que el que estaba en el cajón no era nada más ni nada menos que usted? ¿Galardón y contratiempos? ¿Blanco y rostro de fiera? Hoy no importa, ya es la misma sangre que cae al cielo.
¿Cacería? Qué desastre tan organizado, tan estructurado, tan politizado, tan burocrático, tan especulador, tan embustero, tan poco empático; cólico, febril, bruto y sagaz como un político de hoy o la instrumentación del silencio que tan bien practican.
Y para colmo de males y tales, me late y tirita algo que no es presagio sino una realidad desangelada, sin esperanzas, sin niños jugando, sin tipas felices. ¿Se apagarán las luces de la noche? Los heraldos de Dios perderán el mensaje camino a casa y eso dará julepe.
Dígame usted, ¿estoy siendo tirano o ya no manejo ciertas fuerzas de la ginebra?
(He conocido a demasiadas personas para no ser tirano a la hora de decir. \"Qué leño es ser fuego\", repetía antes de almorzar).