EPISODIO XV
La Soberbia del Éxito
Titania abandonó el Norte. Su nueva misión la aguardaba ahora en el Este, guiada por el tintineo cristalino de su inseparable varita. A medida que avanzaba, la atmósfera se transmutó drásticamente: el aire se volvió un suspiro abrasador y el paisaje se tornó desolador. Bajo un sol sofocante, el lecho de arcilla cuarteada por la sequía proyectaba espejismos que danzaban sobre un páramo agonizante donde hasta el viento parecía haber muerto de sed.
Aquel yermo era el confín de la Región del Egoísmo, un lugar donde la naturaleza había sido exprimida más allá de sus límites por el hambre de gloria de los hombres. Allí, la influencia del Lokardo del Olvido se percibía como la arrogancia de un poder ominoso. La varita de Titania, que antes lucía un verde esmeralda, emitía ahora una fosforescencia distorsionada, denunciando una atmósfera saturada de vanagloria y una tierra que gritaba por justicia.
El hada descendió sobre unas dunas que custodiaban un antiguo oasis, reducido hoy a un charco de agua salobre y amarga. En su centro, emergió el Corazón, la esfera más grande que Titania hubiese visto jamás. Sin embargo, no la envolvía el musgo ni el cristal; estaba recubierta por una lámina de oro falso, un intento burdo de imitar la grandeza. Era la marca de la Egolatría que Akelia le había advertido. Para despertar este corazón, se requería el Sello de la Contrición: la humildad necesaria para frenar la ambición descontrolada.
Siguiendo un rastro de actividad humana entre maquinaria obsoleta y carros pesados, Titania llegó a una colina. Bajo un toldo improvisado encontró a Akisteo, un hombre de manos blancas y delicadas que, a pesar de su cansancio, dirigía con energía febril a un grupo de trabajadores locales. Estos, exhaustos, se afanaban en levantar una estatua monumental del propio Akisteo, esculpida en piedra extranjera que brillaba con un lujo insultante frente a la miseria del entorno.
—¿Por qué levantar esta estatua aquí, donde el agua escasea y la tierra muere? —preguntó Titania, aterrizando con una ligereza que contrastaba con la pesadez del mármol.
Akisteo se giró irritado, pero al ver al hada, sus ojos brillaron con excitación vanidosa. Asumió que era una espectadora enviada para admirar su gloria.
—¡Es la prueba de la grandiosidad del hombre! —exclamó—. Soy Akisteo; yo hice florecer este páramo durante una década.
—¿Y por qué dejó de florecer? —inquirió ella, señalando las grietas del suelo.
—La naturaleza es ingrata —respondió él con desdén—. Mi canal era perfecto, pero los ríos ya no traen el mismo caudal. La tierra se ha secado porque no tiene el tónico para sostener mi éxito. Erijo este monumento para que conste que el fracaso es del entorno, no mío.
Titania descendió y caminó entre las filas de hombres. El silencio era sepulcral, roto solo por el choque metálico de los cinceles. Observó a un anciano cuyos dedos sangraban sobre el mármol y a un joven que apenas podía sostener el peso de una viga, con los ojos hundidos en cuencas de polvo. Eran espectros de carne y hueso, el mapa viviente de una tragedia que Akisteo se negaba a leer.
—Míralos, Akisteo —sentenció Titania, y su voz resonó con el peso de la tierra misma—. Cada veta de este mármol extranjero ha sido lavada con el sudor de hombres que no tienen qué dar de comer a sus hijos. Tú no estás esculpiendo una estatua; estás erigiendo un mausoleo sobre sus vidas. Viven en la miseria absoluta solo para que tu sombra sea un centímetro más larga.
Indignada, Titania comenzó a levitar, rodeándolo como una ráfaga de aire fresco en busca de una grieta en su armadura de orgullo.
—No entiendes nada. El dolor de uno es el dolor de todos.
En su agitación, el extremo de su varita golpeó accidentalmente la sien de Akisteo. Fue un roce apenas perceptible, pero cargado de la energía limpia de la Arborelia. Los ojos del hombre se pusieron en blanco y cayó en un sueño súbito, derribado por el peso de una verdad que no podía seguir ignorando.
En su mente, la realidad se transformó. Akisteo ya no sostenía planos, sino el peso de una piedra de tres toneladas. Sintió el látigo del sol, la sed que hace sangrar la garganta y el terror de no poder alimentar a su familia. Durante años de agonía onírica, él fue cada uno de sus obreros.
En ese instante eterno, el tiempo se dilató. Akisteo no solo vio el dolor, lo habitó. Sintió el crujido de sus propias vértebras bajo el peso del pedestal; experimentó la agonía de la enfermedad en un camastro de paja; sintió el desprecio en los ojos de sus capataces —sus propios ojos— reflejado en el látigo. Vio cómo su propia mano, en el mundo real, firmaba decretos que condenaban a familias enteras al olvido. Sintió el frío de la muerte de un niño que expiraba por falta de agua mientras él ordenaba pulir la nariz de su efigie. No fue una simple visión; fue una ejecución de su ego. Cada golpe de mazo que él había ordenado, lo sintió ahora impactando directamente en su alma, quebrando la piedra de su arrogancia hasta dejarla hecha polvo.
Al despertar, Akisteo soltó un grito que desgarró el silencio del páramo. No se levantó de inmediato; se arrastró por la arena hasta los pies del anciano que antes ignoraba y, ante el asombro de todos, besó sus manos callosas y sucias de barro. Sollozaba con una violencia que sacudía todo su cuerpo, una lluvia de lágrimas que parecía ser la primera humedad que tocaba aquel suelo en años.
—¡Perdón! —clamaba con la voz rota—. ¡He sido un ciego envuelto en seda! ¡He construido una soberbia fútil mientras asesinaba a mis hermanos!
Se puso en pie, completamente transformado. Sus ojos, antes gélidos y altivos, ardían ahora con una urgencia febril de redención. Rugió a los capataces con una autoridad nueva, ya no basada en el miedo, sino en la decisión por enmendar su daño:
—¡Detened esta infamia! ¡Traed los mazos! ¡Quiero que esta estatua sea derribada piedra a piedra ahora mismo! Vended hasta el último gramo de ese oro maldito; que no quede ni un rastro de mi rostro. ¡Convertid el mármol en cimientos para hospitales y las herramientas en arados! ¡Si yo no puedo devolverles los años, les daré hasta mi último aliento para que vuelvan a vivir!
Mientras el monumento era desmantelado bajo el estruendo de la piedra rompiéndose, la tierra vibró. Junto al pedestal vacío, emergió un objeto esférico que palpitaba con un ritmo profundo.
—Akisteo —dijo Titania—, recógelo. Es tuyo por derecho de conciencia.
Al tocar la esfera con sus manos, ahora manchadas de la misma tierra que sus obreros, se produjo el milagro. El oro falso no solo se desintegró, sino que estalló en mil partículas de luz que se clavaron en el pecho de Akisteo, purificando su intención. El Corazón del Este no brilló por su belleza, sino por su verdad.
Un tono cobalto emanó como un río subterráneo que finalmente encontraba la salida. Era la constatación de la responsabilidad asumida. En la piedra quedó grabado el carácter de un hombre que, al fin, había aprendido que la verdadera grandeza consiste en ser el puente, y no la cima.
Titania no esperó agradecimientos. Se elevó hacia las nubes y, desde lo alto, sonrió al ver cómo el agua, liberada de los caprichos de un solo hombre, comenzaba a correr de nuevo por los surcos, devolviendo el verde a la tierra herida. Sintiendo el cuádruple acierto de la Arborelia, se preparó para su último desafío. El mapa señalaba al Sur, hacia las nieblas de la Negligencia, protegida ahora por las cuatro virtudes halladas: Humildad, Solidaridad, Generosidad y Redención.
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EPISODIO XVI
EL QUINTO CORAZÓN Y EL CORAJE DE EMPEZAR
Titania abandonó la región del Este con el espíritu henchido de propósito. En su varita, cuatro muescas quedaban iluminadas: la Generosidad, la Humildad, la Esperanza y el Reconocimiento. Estos dones no eran ya simples marcas, sino que se fundían en la poderosa Llave del Compromiso, cuya intensidad aumentaba a medida que el hada se internaba en los dominios del indómito Sur.
Este tramo del periplo resultó ser el más agotador. Tras dejar atrás las llanuras calcinadas —que ya empezaban a mostrar tímidos brotes verdes—, se adentró en las Cumbres Perdidas. Aquel era un laberinto de montañas desgastadas por milenios de abandono, ocultas tras una cortina de niebla estancada que desprendía un olor a moho pútrido. No era una división natural; era el resultado tangible de una memoria ausente. Allí, el Lokardo del Olvido se manifestaba en su forma más insidiosa: la Apatía.
Los habitantes de la región, abrumados por el peso de problemas acumulados, habían sucumbido finalmente a la desidia. No había rabia, solo una entrega silenciosa a la inactividad que permitía que las malas hierbas devoraran los caminos y los hogares.
Titania descendió hasta una hondonada lúgubre conocida como el Pozo del Vacío. Allí, en un rincón cubierto de piedras y maleza muerta, yacía el Corazón de Madera del Sur. Era la esfera más pequeña de todas y, curiosamente, la que mejor aspecto conservaba. Sin embargo, no era pureza lo que mostraba, sino aislamiento: estaba cubierta por una finísima capa de polvo, el sedimento acumulado por el paso aburrido y estático del tiempo.
—El Dominio de la Parálisis —susurró Titania para sí misma.
El Corazón dormía bajo un hechizo de inacción. Para despertarlo, no bastaba con magia poderosa; se requería el Coraje de la Acción, ese impulso vital que nos empuja a realizar la primera y más pequeña tarea cuando la meta parece una cima inalcanzable.
Buscando una chispa de vida en aquel desierto de voluntad, Titania llegó a un pequeño villorrio. Aunque las casas eran sólidas y la tierra se adivinaba fértil, el silencio era absoluto, casi fúnebre. De pronto, un leve destello metálico captó su atención en lo alto de una ladera. Al acercarse, descubrió un antiguo camino que alguien había intentado sepultar bajo un inmenso alud de pesada rocas y escombros.
Al pie de aquella barrera infranqueable estaba Kira. Era una joven de complexión fuerte y aspecto sano, pero sus ojos estaban vacíos de mañanas. Contemplaba el desastre con los brazos caídos, como si mirara una pared que llegara hasta el cielo.
—¿Por qué no retiras estas piedras? —preguntó Titania.
La muchacha ni siquiera se sobresaltó. En su estado de entumecimiento, el hada no era más que otra capa de su espesa mente.
—Es imposible —respondió Kira con una voz monótona—. Mira este desastre. Mi abuelo murió intentándolo y mi padre quedó lisiado por el esfuerzo. Llevamos una década esperando que la erosión o una lluvia torrencial despejen el camino por nosotros. Son demasiadas rocas, demasiado lodo... es mejor resignarse.
Titania comprendió que la aldea no sufría de falta de fuerza, sino de una desgana contagiosa. El derrumbe era la excusa perfecta para la pasividad, alimentada por los venenosos mantras de \"no es mi culpa\" o \"mejor no hacer nada\".
No te pido que retires todo el alud —dijo Titania con una voz reposada pero firme—. Solo te pido que muevas una sola piedra. La más pequeña.
Kira la miró con una chispa de incredulidad rompiendo su apatía.
—¿Una sola piedrecita? ¿Y eso para qué serviría?
—Para demostrarte que la pasividad es una carga, no una solución. Todo parece imposible hasta que se hace. ¡Adelante, Kira!
Titania señaló un fragmento de roca aparentemente insignificante encajado en la base. Era la clave de un equilibrio precario que sostenía toneladas de escombros. Kira, con recelo, se agachó y tiró de ella.
Al instante, el silencio sepulcral del valle se quebró con un crujido seco, como el de un hueso rompiéndose en las entrañas de la tierra. El retiro de esa pequeña pieza, el principal apoyo de un equilibrio agónico desató una furia contenida por décadas.
El suelo bajo los pies de Kira vibró violentamente. Un estruendo ensordecedor, similar al choque de mil carros de guerra, llenó el aire mientras el alud cobraba vida. Toneladas de granito, lodo negro y raíces muertas se precipitaron ladera abajo en una ola de destrucción absoluta. Kira, atrapada por el choque de la realidad y el terror súbito, se quedó paralizada; sus músculos no respondieron, sus pulmones se olvidaron de respirar mientras la fuerza de la montaña se cernía sobre ella, ocultando el sol.
—¡Corre, Kira! —el grito de Titania se perdió en el caos.
Viendo que la joven no reaccionaba, el hada no dudó. El tiempo pareció ralentizarse cuando Titania activó la Llave del Compromiso. Su varita emitió un destello cegador y ella se lanzó al vacío, no como un ser alado, sino como un proyectil de salvación.
Justo cuando la primera gran roca —un bloque del tamaño de una casa— estaba a escasos centímetros de aplastar el cráneo de la muchacha, Titania la alcanzó. Envolvió a Kira con sus brazos, pero el peso del aire desplazado por el derrumbe las empujaba hacia abajo. Con un grito de esfuerzo que hizo enardecer sus cuatro muescas, Titania batió sus alas con una fuerza sobrenatural, desafiando la inercia de la muerte.
Sintieron el viento gélido de las rocas rozándoles los talones. El impacto de los escombros al llegar al fondo del pozo provocó una onda expansiva que las lanzó por los aires. Titania maniobró en medio de la lluvia de polvo y esquirlas, protegiendo el cuerpo de Kira con el suyo propio, hasta que finalmente aterrizaron de forma estrepitosa en un saliente elevado, justo a tiempo para ver cómo el lugar donde Kira había estado segundos antes desaparecía bajo una montaña de pedruscos humeantes.
Kira, temblando convulsivamente y con el rostro cubierto de ceniza, buscó el aire que le faltaba. Titania, con las alas maltrechas pero la mirada encendida, la sostuvo con firmeza.
—Has movido la primera piedra, Kira —le animó el hada a pesar de hallarse sumidas en el estrepitoso caos —. Ahora mira cómo el mundo se ve obligado a cambiar a tu alrededor.
El fragor del alud fue tan potente que sacudió los cimientos de cada casa del pueblo. La gente, despertando de su letargo por el instinto de supervivencia, salió a las calles. Al ver que el camino finalmente estaba libre y que el obstáculo de décadas había caído, algo cambió en ellos. La apatía se transformó en una energía febril. Hombres y mujeres, contagiados por el impulso, empezaron a trabajar codo con codo para asegurar el paso y limpiar los restos.
Entre el polvo que se asentaba, Kira divisó algo que sobresalía de manera peculiar sobre el suelo despejado. Era un corazón. Titania descendió junto a ella y, mientras la joven lo recogía, le explicó su significado: era el Corazón del Sur, el símbolo de que el coraje de la acción puede mover montañas.
En la varita de Titania, la quinta muesca se encendió con un añil profundo y acogedor.
—El Olvido se retira, Kira —sentenció el hada—. Recuerda siempre: la tarea más grande comienza con el acto más pequeño.
Con los cinco Corazones restaurados, una oleada de satisfacción recorrió a Titania. A lo lejos, sintió el rugido de rabia del Lokardo del Olvido al ver cómo su red de parálisis se desmoronaba. El enemigo no se rendiría fácilmente; intentaría reclamar por la fuerza lo que ya no podía controlar mediante la apatía.
Titania alzó su varita y, usándola como una linterna mágica, proyectó un mapa de musgo sobre las nubes que señalaba el epicentro del poder: el Fresno Silente. Regresó a toda velocidad al Dosel Viejo, donde la ninfa Akelia y el sabio leñador la esperaban con el rostro iluminado por el alivio.
—El Lokardo regresará con toda su furia —advirtió Akelia al ver llegar a Titania.
—Que venga —respondió el hada con seguridad—. Ahora somos más fuertes, más sabios y estamos preparados.
Bajo la dirección de Titania, y uniendo el conocimiento ancestral de la ninfa con la sabiduría práctica del leñador, procedieron a asegurar el bosque. Decidieron que no podían dejar los Corazones juntos, pues serían un blanco fácil. Debían integrarlos en la propia esencia de la naturaleza:
El Corazón Central (Generosidad): Se fundió con el núcleo del Fresno Silente para nutrir a todo el ecosistema.
El Corazón del Oeste (Humildad): Se entrelazó en una raíz secundaria, oculto bajo un arroyo secreto vigilado por Akelia.
El Corazón del Norte (Esperanza): Se enterró bajo el umbral de la casa del leñador, protegido por el calor del hogar.
El Corazón del Este (Reconocimiento): Fue colocado en la cima de una peña blanca, donde la luz del cielo lo activaría eternamente.
El Corazón del Sur (Acción): El más pequeño y valioso, fue confiado personalmente al leñador. Él lo custodiaría como símbolo de que el mayor tesoro es la voluntad de quien honra el trabajo diario.
Con los talismanes protegidos, la Arborelia volvió a fluir con fuerza, tejiendo una red invisible e inquebrantable. Titania sintió cómo su varita regresaba a un estado de reposo tranquilo.
Y los bardos, tan pronto como supieron de esta aventura, no cejaron en dejar constancia de ello, desafinaron sus laudes y desentonaron una romanza que nadie quiso escuchar…
—No es la montaña la carga,
ni el miedo a caminar;
una piedra sola es larga
si no la quieres quitar.
Mueve el dedo, alza el brazo,
rompe el peso del ayer,
que la vida abre su paso
cuando te atreves a renacer.
Basta un simple movimiento,
un suspiro de valor,
para que ruede el tormento
y despierte el corazón.
Tras este último acorde, el silencio más absoluto reinó en el claro; ni un aplauso, ni un aleteo espontáneo, ni siquiera un suspiro de cortesía. Los presentes, con una eficiencia casi ofensiva, se sacudieron las plumas y pieles y se marcharon a sus quehaceres forestales como si acabaran de escuchar un pregón sobre el precio de los champiñones de la temporada pasada. Una excelente señal que indicaba que todo volvía a la normalidad.
El invierno comenzó a manifestarse y los primeros copos de nieve cayeron sobre el Dosel Viejo. En el gélido silencio, Titania aguzó el oído. Detectó la llegada de una presencia familiar, una vieja figura que conocía muy bien y que se aproximaba entre los árboles.
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EPISODIO XVII
El regreso de la Reina de las Nieves
El manto blanco comenzaba a transformar el paisaje del hogar de Titania. El hada rebosaba alegría; una profusa satisfacción de haber cumplido su misión: reunir los cinco corazones necesarios para que la Arborelia, el espíritu del bosque fluyera de nuevo, revitalizando el hábitat de sus pobladores.
Acompañada por su fiel amigo, el Leñador, Titania fue al encuentro de Akelia. La ninfa los aguardaba con una mezcla de júbilo y orgullo; por fin, la sangre intangible recorría las venas del Dosel Viejo, devolviéndole su lozanía. Fue el cierre sublime de un ciclo. Los tres se fundieron en un abrazo tan cargado de emoción que de sus ojos brotaron pequeñas lágrimas irisadas.
Sin embargo, la paz fue efímera. Unas voces estridentes rasgaron el silencio. Extrañados, se dirigieron con premura hacia el origen del griterío. A medida que se acercaban al lugar del alboroto, el paisaje se tornaba lúgubre, casi alienígena. Caían copos de nieve agrios y sucios que, al tocar el suelo, se convertían en un légamo pastoso, anegando el esplendor del bosque.
Al llegar, presenciaron una escena insólita: la Reina de las Nieves increpaba enfurecida al mago Kaldurio, eterno enemigo de la espesura, mientras este retrocedía con gesto esquivo.
—¡Mira cómo ha quedado mi vestido! —exclamaba la soberana, señalando sus ropajes arruinados por el hechizo—. ¡Exijo que repares este desastre de inmediato!
La Reina, vencida por la indignación, se dejó caer sobre la nieve manchada. Con sus galas embarradas y el ánimo por los suelos, estaba a punto de quebrarse en sollozos.
—Buenos días, señora. ¿Qué ha ocurrido aquí? —preguntó Titania con voz conciliadora.
—¿Acaso no es evidente? —replicó la Reina con aspereza— ¿Has venido a burlarte de mí desgracia?
—En absoluto —respondió el hada con parsimonia —Mi única intención es ayudarte.
—¿Ayudarme tú? —bufó la malhumorada dama— No me fío de tus artes.
—Recuerdo bien nuestra última contienda —admitió Titania con sinceridad— y reconozco que no fuimos las mejores aliadas. Pero no guardo rencor. Solo deseo colaborar.
En medio de la airada conversación, el Leñador intervino para apaciguar los ánimos y preguntó:
—Dama Blanca, ¿podrías decirnos qué ha sucedido exactamente?
—Kaldurio ha regresado buscando venganza —explicó la Reina, recuperando la compostura—. Ese hechicero malintencionado tiene el poder de petrificar la vida. Con un golpe de su vara puede convertir un árbol centenario en carbón negro. Ha lanzado un conjuro para alterar la pureza de la nieve y sembrar el caos. Por fortuna, lo sorprendí en pleno encantamiento y huyó a toda prisa, perdiendo este palo en su fuga.
La Reina alzó un objeto de madera alargado y oscuro.
—¡Es el Báculo de los Hechizos! —exclamó Titania entusiasmada— Sin él, sus poderes se debilitan. En cuanto note su pérdida, regresará para recuperarlo. Ese será el momento de capturarlo y obligarle a deshacer el entuerto.
—¿Y cómo piensas lograrlo? —cuestionó la Reina— El mago no viaja de forma convencional, domina la Umbraquinesis: la facultad de mimetizarse con las sombras, desplazarse dentro de ellas y por los rincones oscuros. Un manto que lo vuelve invisible al fundirse con toda la negrura que le rodea. Si no lo atraemos hacia una fuente de contraste luminoso su captura será imposible.
—Tengo un plan —anunció Titania con astucia— Amigo leñador, debes tallar una réplica exacta de esta vara. La dejaremos al alcance bajo aquellos abetos mientras ocultamos una gruesa red de enredaderas entre sus ramas.
—No perdamos tiempo —asintió el Leñador, poniéndose manos a la obra.
Mientras él confeccionaba la imitación con destreza, la Reina y Akelia prepararon una red que luego disimilaron entre el ramaje de los altos abetos. Una vez lista la trampa, colocaron el señuelo en el suelo y se ocultaron tras el silencio del bosque.
Poco después apareció Kaldurio, refunfuñando y maldiciendo entre dientes. Al divisar su preciado báculo, se abalanzó sobre él, confiado y sin la menor cautela. En un parpadeo, la imperceptible red cayó sobre él, atrapándolo como una telaraña gigante. Al verse rodeado por los cuatro aliados, el mago lanzó un repertorio de improperios que de nada le sirvieron.
La Reina de las Nieves, con su autoridad recuperada, sentenció:
—Kaldurio, pronuncia el contrahechizo para devolver la blancura a la nieve. Solo entonces recuperarás tu vara y te dejaremos marchar.
El mago, atrapado bajo la furiosa mirada de la Reina, comprendió que no tenía escapatoria. Con un gruñido de resentimiento, extendió sus manos sarmentosas a través de los finos hilos de la red. No necesitaba el bastón para deshacer el daño, pero sí toda su concentración.
—«Nix pura, luto abscondita, ad originem revertere» —recitó con una voz que recordaba a un montón de maderos secos chocando entre sí.
De sus dedos brotaron fulguraciones violetas que se extendieron por el suelo como serpientes paranoicas. Al contacto con la superficie cenagosa, se produjo una reacción asombrosa: el barro burbujeó y produjo un vapor enrarecido con olor a azufre pestilente que huía de sí mismo. A medida que el gas se disipaba, la suciedad desaparecía, dejando paso a una moqueta de nieve inmaculada que regeneró toda la escena.
Un suspiro colectivo recorrió la arboleda; la rigidez pétrea que amenazaba las raíces se desvaneció y la Arborelia volvió a irradiar su tono esmeralda amigándose con el atavío níveo. En pocos segundos, el paisaje anómalo volvió a ser el reino invernal que todos amaban.
Kaldurio, agotado por el esfuerzo de revertir su propia oscuridad, cayó de rodillas mientras la red le permitía un hueco liberador. Derrotado y frustrado, huyó del bosque cubierto de un cieno maloliente, viendo cómo su propia maldad se volvía contra él.
La Reina de las Nieves se volvió hacia sus salvadores con un gesto de gratitud. —Debo admitir que estoy complacida. No esperaba tu apoyo, Titania, tras nuestros desencuentros pasados.
—Ante un problema común —concluyó Titania con una sonrisa irónica— es preciso apartar la soberbia y el rencor. Todos nosotros solos somos algo frágiles, pero juntos somos imbatibles.
En la linde del bosque, los bardos que habían presenciado la gesta comenzaron a trovar este glorioso episodio. Y aunque lo hacían con su habitual desentonación, sus cantos rebosaban un júbilo que todos compartieron.
—Cantan las voces del bosque
la caída del villano,
que con barro y con ponzoña
quiso profanar el llano.
Cayó el brujo en la emboscada,
perdió el báculo sagrado,
y ante el Hada y la Nevada
vio su orgullo doblegado.
Ya la nieve vuelve a ser
un brocado inmaculado,
que las sombras se disuelven
cuando el bosque está aliado.
(Muy desafinado)
—¡Do-Re-Gloria-Re-Do ¡Salve-La-Sol-Fa! —remató el bardo principal, lanzando un gorgorito final que escaló de forma estridente por la linde del bosque, alcanzando una nota tan sumamente aguda y fuera de tono que un par de pájaros carpinteros se taparon los oídos y huyeron volando de su recién fabricado nido.
El resto del grupo intentó sostener el acorde final con un coro de falsetes, pero el resultado fue un auténtico naufragio acústico: una mezcla entre el lamento de un pato viudo y el chirrido de una puerta sin engrasar. Los bardos, completamente ajenos al suplicio que acababan de infligir a los tímpanos de los presentes, sonreían henchidos de orgullo, agitando sus laúdes desafinados mientras tragaban saliva para iniciar otra estrofa.
Titania mantuvo una sonrisa congelada por mera cortesía; Akelia disimuló un escalofrío y el Leñador carraspeó con fuerza, deseando en secreto que Kaldurio regresara solo para lanzarles un conjuro de mutismo. Por fortuna, el rechazo unánime y tajante de los allí presentes logró cortar en seco el amago de la siguiente e insufrible melodía.
La unidad de los amigos había vencido, una vez más, al desconcierto de la oscuridad (y a la tortura de la lírica popular).
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EPISODIO XVIII
El secreto del deshielo
Tras la estrepitosa huida del mago Kaldurio, cuya malicia oscura se desvaneció como humo entre los pinos, el grupo se permitió un instante de reposada tregua. La cordialidad regresó al Bosque Nevado con una quietud tan desacostumbrada que el aire parecía a punto de cristalizar en finas gotas de diamantes. El silencio absoluto solo se quebraba al romper la escarcha bajo las pesadas botas del Leñador y el trino, aún algo inseguro, de las aves que regresaban a sus nidos tras el vértigo de la batalla.
Sin embargo, la victoria tenía un sabor agridulce. El mal había dejado una cicatriz honda. Aunque el contrahechizo impuesto por Titania había disuelto el lodo negro, el paisaje no sanó por completo. Bajo el Abeto Milenario, el corazón geográfico del reino, la tierra aparecía desnuda. Allí donde la magia de Kaldurio fue más corrosiva, el suelo estaba despojado de su manto blanco por primera vez en eones, revelando una fisura abierta en la historia del bosque.
Cerca del tronco centenario, el Leñador clavó su hacha en un leño caído para asegurar su posición. De pronto, la hoja de titanio, forjada por indicación de la misma Akelia en las Fraguas Volcánicas del Norte, comenzó a sonar. Un zumbido agudo, similar al de un avispero metálico, recorrió el mango, alertando de una anomalía bajo el suelo erosionado.
—Aquí hay algo que no pertenece al reino de los seres vivos, ni al de las hadas comunes —gruñó el Leñador, apartando con sus manos enguantadas los restos de tierra calcinada.
Entre las raíces retorcidas por las recientes riadas de agua y lodo, emergió un objeto que desafiaba la lógica del invierno: un cofre de Hielo Eterno, una sustancia extraordinaria que no se derretía por el calor y se mantenía siempre invariable ante cualquier cambio estacional. Las aristas eran tan perfectas que parecían cortadas por el pensamiento, y su superficie emitía un fulgor cian que no cedía ante el calor del sol cenital. El Leñador, consciente de que sus conocimientos eran insuficientes para entender tal reliquia, convocó a sus compañeras.
Akelia, la Ninfa Guardiana, fue la primera en acudir. Al reconocer la marca que sellaba la tapa (una espiral diamantina entrelazada con una hoja de arce que parecía latir), su rostro, normalmente del color de la corteza de abedul, palideció hasta volverse ceniza.
—Es el sello de los Primeros Guardianes —musitó con una voz trémula que se evanesció con el viento—. Este arcón pertenece a una era en la que el invierno y el verano eran aspectos complementarios que se alternaban en ciclos milenarios. Fue sepultado entre las raíces más profundas para que ningún ente de cualquier origen pudiera reclamar el poder de alterar el ciclo del tiempo.
La Reina de las Nieves se aproximó con paso regio. Su capa de ventisca ondeaba grácilmente, provocando un descenso brusco de la temperatura a cada paso, congelando todo el suelo y las pequeñas flores que apenas empezaban a asomarse. Extendió sus dedos, enguantados en un tejido de plata flexible, y señaló el cofre con una mezcla de codicia y temor.
—Kaldurio no buscaba solo destruir el bosque, Akelia —sentenció la Reina con voz de carámbano— Buscaba un lienzo en blanco para borrar el pasado y refundar su dominio sobre las cenizas de nuestra memoria. Este cofre custodia los posos de la Savia Primigenia, la esencia líquida de la existencia. Si el bosque olvida cómo brotar, si las flores pierden el recuerdo de la primavera, la muerte será absoluta. Sin identidad, seremos una cáscara vacía lista para ser habitada por cualquier poder pérfido.
Titania, sintiendo la vibración del cristal resonando en la punta de sus propias alas, se arrodilló ante la reliquia para observarla mejor. Al rozar la superficie gélida, una visión la asaltó inesperadamente con la potencia de un rayo: vio el flujo de la Arborelia, la energía vital del bosque, que tras la batalla emitía un fulgor tan potente que actuaba como un faro en mitad de un océano en una noche de plena oscuridad.
—Nuestro triunfo ha encendido una antorcha demasiado visible en la negrura —advirtió Titania, limpiándose un rastro de polen plateado que corría por su mejilla como una lágrima—. No solo nosotros hemos visto esta luz. Desde las Tierras Sombrías, seres hechos de vacío y locura ya reptan hacia nosotros, seducidos por la limpieza de la llama que hemos recuperado. El bosque ha revelado el cofre no como un premio, sino como una advertencia: lo peor está por llegar.
La Reina soltó una risa áspera, carente de alegría. —¿Y qué esperabas, pequeña hada? La luz siempre invita a la sombra; es un imán para las tinieblas, del mismo modo que tu altruismo atrae a ingratos que solo buscan alimentarse de tu buena fe.
La Reina irguió aún más el mentón, provocando que unos copos de nieve cayeran de su corona. —El exceso de optimismo es un defecto propio de las criaturas que nacen con el buen tiempo, querida. Alguien con un corazón tan... templado como el tuyo, difícilmente comprenderá que la supervivencia requiere la fría lucidez del invierno, no blandos discursos sobre la esperanza.
Titania la observó desde el suelo, apoyando la barbilla en una mano con fingida fascinación.
—Vuestra gélida lucidez es verdaderamente inspiradora, Majestad —replicó el hada, con una sonrisa irónica y punzante—. De hecho, es tan profunda y ruidosa que casi consigue que olvidemos un pequeño detalle: si mal no recuerdo, vuestro infalible invierno acaba de ser devorado por el lodo de un mago de tercera categoría. Así que, os lo ruego, guardaos el frío para congelar los restos de vuestro orgullo y dejadme trabajar, que la escarcha no limpia la basura del suelo.
La Reina intentó abrir la boca para emitir una réplica cortante, pero Titania simplemente levantó un dedo realzado de autoridad, sellando los labios de la soberana con un sutil hechizo de silencio que disolvió las palabras en un ridículo vaho.
Titania se puso en pie, sosteniendo la mirada de la soberana sin pestañear, y concluyó tajante:
—Mi bondad es lo que ha mantenido este grupo unido cuando vuestro hielo solo traía aislamiento, Majestad. Pero reconozco mis límites. Este hallazgo —señaló el cofre— pertenece a un círculo de magia que solo vos domináis. No puedo proteger el secreto de la vida yo sola.
El Leñador asintió a las razones de Titania. Alerta e impaciente aferró su hacha y oteó desconfiado el horizonte, observando que algunas de las sombras parecían alargarse más de lo natural. Algo alarmado y con cierta preocupación pregunto:
—¿Qué contiene realmente? ¿Un arma para aplastar a esos seres o tesoros para comprar inmensos palacios?
—No son joyas, hombre mortal —le respondió la Reina, cuyas manos dejaban un rastro de helor al acariciar la tapa—. Son las Lágrimas de la Tierra, la semilla de cada primavera que el mundo ha albergado desde el origen de los tiempos. Es el código de la continuidad de la fronda.
Titania cerró los ojos y pronunció un conjuro en lengua antigua, una invocación que sonaba como el deshielo silencios de un río en marzo. La runa se desbloqueó con un clic cristalino y el cofre se entreabrió. No hubo explosiones, sino una melodía de campanillas que armonizó con la respiración del bosque. De su interior brotó un vapor frío que se condensó en el aire, formando un mapa tridimensional de luz argenta.
Una línea luminosa comenzó a trazarse, señalando un camino sinuoso a través de desfiladeros olvidados, cruzando mares de escarcha hasta detenerse en el pico más alto de las Montañas del Límite.
—Es la senda hacia el Oráculo de los Vientos —declaró Titania con asombro—. El único ser que recuerda el primer amanecer del mundo. Debemos consultarle antes de que la primera mancha de las Tierras Sombrías pise nuestros suelos.
Akelia asintió, ajustando su carcaj de flechas. —El Oráculo no solo habla; Él es el argumento de la historia. Sus alas son las corrientes que envuelven el globo. Él nos enseñará a convertir la iluminación de la Arborelia en un escudo que nos proteja, en lugar de un muro que nos condene.
La Reina de las Nieves guardó silencio un instante, observando a Titania con un respeto nuevo, despojada de su habitual arrogancia. Reconociendo que el tiempo se agotaba, golpeó el suelo con su cetro. Al instante, la nieve se arremolinó hasta formar un carruaje tallado en un solo bloque de hielo translúcido, tirado por cuatro renos de pelaje níveo y ojos de zafiro.
—El camino hacia las cumbres será hostil para tus alas, Titania —dijo la Reina, extendiendo una mano pálida hacia el transporte— Nuestras rencillas no sirven de nada en las alturas donde el oxígeno escasea y el frío muerde hasta lo más hondo del ser. Es momento de una alianza real.
—Acepto la alianza y los riesgos del viaje —respondió Titania, subiendo al carruaje con firmeza—. El frío extremo será el menor de nuestros problemas si permitimos que el olvido nos alcance. No importa lo despacio que vayamos, siempre y cuando no nos detengamos. ¡Adelante, amigos!
El grupo partió al galope, dejando atrás la relativa seguridad del Abeto Milenario. Se dirigían hacia los apartados dominios donde el cielo se funde con el vacío, sabiendo que el Oráculo era su última esperanza para mantener encendida la llama de la memoria frente a la oscuridad que ya avanzaba, implacable y hambrienta, sobre el horizonte.
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EPISODIO XIX
Adiós, Reina; hola, Capitana Titania
El viaje comenzó bajo un firmamento de un violeta herido. Las nubes, desgarradas por corrientes atávicas, se agitaban como jirones de fuego sobre el abismo del averno. La expedición avanzaba con una cautela teñida de urgencia, percibiendo esa quietud tensa que precede a los aludes histéricos. El carruaje de la Reina de las Nieves, una filigrana de hielo que levitaba sobre el terreno, era tirado por renos de astas platinas cuyas pezuñas, bendecidas por la ingravidez, apenas rozaban la alfombra de nieve virgen.
Desde el interior del vehículo, la transición del paisaje se veía sobrecogedora. Titania observaba cómo la geometría perfecta de los bosques de cristal cedía ante una orografía hostil. Picos de basalto que rasgaban el cielo como colmillos de una bestia colosal, cascadas detenidas en el tiempo y petrificadas por un frío más antiguo que la memoria.
—El aire se está volviendo afilado —observó el Leñador, frotando sus manos curtidas para darse calor —Siento como si cada respiración fuera un trago de limaduras de hierro.
Titania, envuelta en una capa de lana de ovejas polares, último vestigio de la calidez de su hogar sacó el Mapa de Musgo. El pergamino latía con una visibilidad intensa que revelaba la inquietud de los viajeros.
—Estamos cerca —señaló el hada con una muesca trémula— Pero el camino reclama su tributo de valentía. ¡Sigamos!
De pronto, la calesa crepitó y se detuvo en seco. Los renos rebufaron con inquietud, negándose a dar un solo paso hacia el vacío que se abría ante ellos.
—El carruaje no puede seguir —admitió Titania descendiendo sobre la nieve —El mapa señala la Garganta de los Suspiros. Este puente solo soporta el peso liviano de las almas decididas. Los renos son pesadas criaturas de la tierra que no pertenecen a este vacío donde el mundo se deshace en partículas etéreas.
La Reina de las Nieves se alzó ante ellos con toda su majestuosidad. Su presencia parecía brotar de la propia helada; sin embargo, por primera vez, una sombra de inquietud humana atravesó su mirada eléctrica.
—Mi reino termina donde la nieve deja de tener nombre —advirtió la Reina con una voz que recordaba la rotura de un glaciar —Aquí, el pensamiento es más veloz que la palabra. El Oráculo no escuchará vuestros ruegos, sino vuestras conciencias. No permitáis que el miedo hable por vosotros; en estas cumbres, el “miedo” no es un sentimiento... es una manifestación de la debilidad que doblega la carne.
La Reina se acercó a Titania y posó una mano gélida en su hombro. El frío atravesó la capa de musgo que vestía, recordándole la lejanía del verano.
—Hada del Bosque —dijo la Reina con solemnidad —tú que custodias los ciclos de la vida, acércate, abre tus oídos y presta atención. Quiero revelarte un próximo acontecimiento astral de gran importancia. la Reina rozando los oídos de Titania, le confesó con un tono casi inaudible una profecía inminente que les ayudaría a superar un momento de crucial peligro —Si fracasáis, no habrá primavera que rescatar; solo una eterna cellisca destructora. ¡Hagamos una tregua en nuestra cordial enemistad! Toma este Cristal de Hielo Perpetuo; es un fragmento de mi propio espíritu que os permitirá comunicaros con el Oráculo. ¡Idos ahora!
Con un gesto regio, la Reina se difuminó en una ráfaga de gélida ventisca, dejando tras de sí solo el tintineo de unos cascabeles que se atenuaba en la distancia.
Akelia, por su parte, sin desprenderse de su estatus de Ninfa Guardiana, consideró oportuno ceder el liderazgo a su pequeña hermana.
—Titania —habló ella con solemnidad —te sugiero que a partir de este momento tomes la dirección del grupo. Has demostrado sobrado buen criterio y valentía en todas las decisiones.
Titania miró a los ojos del leñador, y ambos convinieron, en un silencio elocuente, que el destino del grupo acababa de dar un giro definitivo. El rastro de la Reina, un frío que aún erizaba el pelo de la nuca del leñador, se desvanecía, pero la responsabilidad que les había dejado pesaba más que cualquier avalancha de hielo.
Titania, sintió la mirada de Akelia y la del leñador —una mezcla de respeto y nueva expectativa—, y enderezó su pequeña figura. Aunque su estatura no imponía, había algo en la rectitud de su espalda y la fijeza de sus ojos almendrados que la revestía de autoridad. No era la potestad gélida y distante de la Reina, sino una nacida de la tierra y del coraje.
Akelia seguía allí, a su lado, con la mano aún posada en el pomo de su daga de maga jefa. Su postura seguía siendo la de una guerrera, la Guardiana dispuesta a interponer su cuerpo ante cualquier amenaza. Su prestancia había cambiado. Ya no era la líder que daba órdenes, sino el respaldo que protegía a quien las daría. Con un asentimiento casi imperceptible, Akelia dio medio paso atrás, un gesto nimio pero cargado de significado, y transfirió el protagonismo del primer plano a su hermana.
—Acepto tu encomienda, Akelia —respondió Titania, su respuesta, aunque pronunciada por una joven, resonó con una solidez que sorprendió incluso al leñador—. Y te doy mi leal agradecimiento por tu confianza.
Luego se giró completamente hacia el grupo, que aguardaba expectante. Sus ojos examinaron a cada uno de sus dos compañeros.
—La Reina nos ha dejado un camino claro, pero somos nosotros quienes debemos andarlo —continuó Titania— No podemos permitir que el miedo al polvo helado nos paralice. Nuestra misión no ha cambiado, solo nuestra forma de organizarnos.
El leñador, impresionado por la determinación de la pequeña ninfa, asintió lentamente. Su hacha, que antes sostenía con tensión, ahora descansaba sobre su hombro.
—Pues bien, Capitana —dijo el leñador, con un matiz de genuino respeto en sus palabras— ¿Cuál es el siguiente paso? ¿Hacia dónde nos dirigimos ahora que el frío se ha retirado?
Titania no dudó. Su mirada se dirigió hacia el Este, donde el sol comenzaba a asomar, tiñendo el horizonte de tonos anaranjados, un contraste directo con el blanco y azul de la Reina que acababa de marcharse.
—Hacia los amaneceres —dijo Titania, señalando con su pequeño dedo— Allí donde el hielo no puede reinar. Allí donde la vida aún resiste. Allí donde nos necesitan.
Akelia sonrió. No era una sonrisa de triunfo, sino de orgullo legítimo. Su pequeña hermana, la que había protegido en espíritu durante tantos años de ausencia, había dado un paso al frente.
—En marcha, entonces —dijo Akelia, volviendo a ocupar su lugar, un paso por detrás y a la derecha de Titania, atenta a cualquier asomo de peligro. El grupo comenzó a moverse bajo la guía de la valerosa Titania.
Al llegar al otro extremo del puente, el vendaval enmudeció.
Entraron en una colosal gruta de rocas erizadas que parecía tallada por el cincel de un dios demente. Las paredes, de un negro absoluto y reluciente como el azabache, estaban cubiertas por una gruesa lámina de calcita que reflejaban la luz de forma siniestra. Del techo pendían estalactitas afiladas como lanzas de obsidiana, de las cuales goteaba un vacío denso que se evaporaba antes de tocar el suelo. A medida que avanzaban, la visión se tornaba borrosa. El interior estaba impregnado de un magnetismo inverso que repelía cualquier atisbo de magia en el ambiente. La penumbra reinante era una sustancia palpable que flotaba en rincones y grietas, como si la propia oscuridad estuviera viva y vigilante. El silencio era tan absoluto que el parpadeo de una pestaña habría sonado como un vendaval. En el centro, sobre un pequeño estanque de agua turbia que desafiaba la congelación, flotaba el Oráculo: un remolino de lucíferos granates, una llama líquida que mutaba entre geometrías imposibles y siluetas de seres atávicos.
—\"Donde el sol y la luna se besan\"… —recordó Akelia, aferrando sin dudar su cayado— Es una contradicción. ¿Cómo hallaremos un lugar que desafía las leyes de la astronomía? ¿Es un sitio que ya existe, o que aún no ha sido creado? La respuesta vino repentinamente de la ondulada superficie del agua.
—¿Habéis traído el Cristal de Hielo Perpetuo?— la voz del Oráculo se filtró directamente en sus mentes— Lo que veáis en él será la premonición que vuestro valor proyecte sobre el tejido del tiempo. Será el espejo de vuestro futuro.
El Ente levitó hacia Titania con la fluidez de un sueño revestido de sosiego. Y habló:
—El mago que enfrentasteis no era más que un emisario. En las Tierras Sombrías, algo más antiguo que el pánico ha despertado: los Devoradores de Sombras. Han sentido vuestra llegada providencial y vienen dispuestos a aniquilaros. Debéis hallar el Velo de la Aurora aprovechando el primer resplandor del alba, allí donde los astros convergen. Es la única trama capaz de ocultar vuestra presencia a los ojos del vacío. Y recordad: ¡Mantened vuestro rostro hacia la claridad del sol y las sombras de dudas caerán a vuestra espalda!
Los Devoradores de Sombras carecen de ojos y son el espectro “negativo\" que parece absorber la luz de las antorchas y la luminiscencia de las hadas. Al mirarlos, se siente un mareo vicioso como si los ojos intentaran enfocar algo que no está a la vista. Dominan la ciencia de la Umbraquinesis: no caminan, sino que se deslizan entre las sombras como tinta vertida en el agua. Se desplazan por las superficies, paredes, techos y suelos, fundiéndose con las penumbras naturales del entorno, lo que los hace casi imposibles de ser detectados hasta que están ya demasiado cerca. Cuando atacan, su \"rostro\" se rasga para revelar una boca sin dientes, una honda espiral de absoluta oscuridad que succiona todo y emite un siseo angustioso mientras se tragan el ánimo de los viajeros. Por donde pasan, la nieve se derrite, convirtiéndose en un líquido gris horrendo y pegajoso, perdiendo su estructura acuosa hasta transformarse en un residuo inerte que huele a sulfuro.
Titania permaneció pensativa, mirando su reflejo en el estanque. Su imagen sobre esa lamina líquida parecía más sólida que su propia piel. Mientras sus compañeros debatían el \"¿por qué?\", ella procesaba el \"¿cómo?\".
Antes de que Titania pudiera responder a más cuestiones, la temperatura de la cueva bajó drásticamente. Las siluetas de los propios viajeros empezaron a deformarse, estirándose contra las paredes como manchas de negro petróleo avisando del inefable peligro.
—¡Cuidado! —gritó el Leñador— alertando a las demás y levantando su hacha preventivamente.
De entre la negrura de las paredes de la caverna los Devoradores surgieron inesperadamente hostigando con sus tinieblas a los intrépidos viajeros. Al principio fueron solo manchas aceitosas que reptaban por el basalto, pero pronto cobraron una tridimensionalidad aterradora.
—¡No los miréis directamente!— advirtió Titania, sintiendo una náusea física al intentar visualizar sus formas imposibles— ¡Akelia, alza tu báculo!
Akelia golpeó el suelo, creando un anillo de fuego fatuo, pero los Devoradores se deslizaron por el techo, amparándose en la penumbra. Uno de ellos se lanzó hacia el Leñador, abriendo su \"boca\" en una espiral apestosa que pretendía tragarse su alma humana.
Titania alzó el Cristal de Hielo Perpetuo y con su poder neutralizó el fatal ataque de ese monstruo, salvando al leñador de una violenta muerte.
—No os alarméis, compañeros —dijo Titania con su convincente temple que apaciguó el caos—. El Velo se halla en el punto de equilibrio absoluto. ¡Ellos no vienen por nuestra carne; vienen por la luz que encendimos al resistirnos!
Titania cerró los ojos y, en lugar de lanzar un ataque, proyectó un recuerdo: el calor del primer brote de primavera. Y el cristal brilló con una intensidad serena y constante.
Los Devoradores retrocedieron, bisbiseando ante una luz que intentaba quemarlos y anular la débil existencia de su vacuidad.
La gruta quedó sumida en una neblina azulada mientras el Oráculo se disipaba. El mutismo se volvió grave. Los Devoradores se habían retirado a sus escondites en las grietas, pero sus murmullos terribles seguían sonando de entre las rocas
—Los Espectros ya han cruzado la frontera de sus tierras baldías, y vienen por nosotros —sentenció Titania, mirando el cristal, que ahora mostraba un camino de puntos parpadeantes— El tiempo de las advertencias se ha agotado. ¡Amigos, permanezcamos todos juntos y sigamos adelante!
Miró a sus compañeros, cuyos rostros estaban pálidos pero decididos. La guerra por el mañana de claridad vencerá si mostramos la voluntad de no parpadear ante las contingencias de nuestra misión: hallar el altar dónde el Sol y la Luna se fundirán en un ósculo sagrado.
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*Autores: Nelaery & Salva Carrión