Ciudadanos del Mundo
No cruzan fronteras por capricho,
ni abandonan sus casas por aventura.
Detrás de cada maleta hay una historia,
detrás de cada paso, una herida,
detrás de cada despedida,
un corazón que aprendió a romperse en silencio.
Los emigrantes no son cifras,
no son estadísticas en periódicos lejanos,
no son sombras caminando entre alambradas.
Son madres que abrazan recuerdos,
padres que cargan esperanzas,
hijos que sueñan con un mañana
donde el miedo no ocupe la mesa.
Emigran por necesidad,
porque la tierra que aman
a veces no puede alimentar sus manos.
Porque la guerra les roba el sueño,
porque el hambre les roba la infancia,
porque la injusticia les roba el futuro.
Y entonces parten.
Parten dejando atrás
las calles donde aprendieron a caminar,
los árboles que conocían sus nombres,
las voces familiares,
los olores de la cocina,
los abrazos cotidianos
que nunca imaginaron echar de menos.
Cruzan mares,
atraviesan desiertos,
vencen noches interminables.
Aprenden a vivir entre idiomas extraños,
a sonreír aunque la nostalgia les persiga,
a reconstruirse con los fragmentos
que lograron salvar del pasado.
Pero antes de ser emigrantes,
son personas.
Personas que ríen.
Personas que lloran.
Personas que aman.
Personas que temen.
Personas que sienten exactamente lo mismo
que cualquier ser humano bajo el mismo cielo.
Porque antes que ciudadanos,
somos vida.
Antes que pasaportes,
somos sueños.
Antes que fronteras,
somos caminos.
¿Quién decidió que una línea dibujada en un mapa
vale más que una existencia?
¿Quién puede medir el valor de un ser humano
por el lugar donde nació?
La tierra no conoce banderas.
Los océanos no entienden de nacionalidades.
El viento no pregunta por documentos.
La lluvia cae igual sobre todos los rostros.
Somos hijos del mismo planeta,
nacidos bajo la misma luna,
alimentados por el mismo sol,
acompañados por las mismas estrellas.
Ciudadanos del mundo.
Libres de color,
porque la piel es apenas un matiz
en la inmensa pintura de la humanidad.
Libres de religión,
porque la fe, cualquiera que sea,
nace del mismo anhelo de esperanza.
Libres de prejuicios,
de etiquetas,
de muros invisibles
que separan corazones que podrían entenderse.
No hay sangre extranjera.
No hay lágrimas extranjeras.
No hay sueños extranjeros.
El dolor habla todos los idiomas.
La alegría también.
Cuando un niño sonríe,
el mundo entero comprende su lenguaje.
Cuando una madre llora,
ninguna traducción es necesaria.
Por eso cada emigrante
es un recordatorio vivo
de que la humanidad es más grande
que cualquier frontera.
Son puentes entre culturas.
Semillas llevadas por el viento.
Historias que viajan para encontrarse
con otras historias.
Y aunque algunos levanten muros,
siempre habrá quienes construyan caminos.
Porque la verdadera patria
quizás no sea un territorio,
sino la dignidad.
Quizás no sea una bandera,
sino la solidaridad.
Quizás no sea un himno,
sino la capacidad de reconocer
a un hermano en los ojos de un desconocido.
Somos personas antes que ciudadanos.
Somos humanidad antes que nación.
Somos viajeros compartiendo
una misma casa llamada Tierra.
Y mientras exista alguien
buscando una vida mejor,
mientras haya un corazón
capaz de tender la mano a otro,
seguirá viva la esperanza
de un mundo donde nadie sea extraño.
Un mundo donde las fronteras
no separen almas,
donde los colores no dividan,
donde las creencias no enfrenten,
donde la diferencia no sea motivo de miedo.
Un mundo donde podamos decir,
sin orgullo ni vergüenza,
sin superioridad ni sometimiento:
Somos ciudadanos del mundo.
Y en nuestra diversidad,
en nuestras historias distintas,
en nuestros caminos cruzados,
descubrimos la verdad más sencilla
y más hermosa de todas:
Que pertenecemos los unos a los otros,
porque antes de cualquier nombre,
antes de cualquier bandera,
antes de cualquier frontera,
somos, simplemente,
humanos.
—Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA
Noviembre, 2022.