Benditos sean los blasfemos,
que con su lengua corrompen la verdad,
porque será cercenada
por toda la eternidad
en el camino a un cielo de mentiras.
Y vi cómo, en un llano sin horizonte,
yacían huesos mohosos en forma de espinas.
Un ojo sin párpados brillante
iluminaba aquel prado,
como si se tratase de una luna gélida
que calaba hasta los huesos.
Los herejes desnudos
marchaban en filas sin fin.
De sus bocas, una lengua cicatrizada y tierrosa
salía desde la tráquea.
Cada paso que daban
estiraba más la lengua
y la cercenaba contra el suelo.
Me quedé observando
aquella peregrinación sin fin.
Y pude detectar una voz serena que decía:
—Venid hacia mí;
he aquí su cielo.
Con paso lento,
los herejes seguían aquella voz
sin inmutarse,
como si se tratase de una verdad.
Cuando pude salir,
una pesadez se quedó en mi garganta
y en mi lengua un amargo sabor.
Por primera vez
pude saborear
el elixir de los blasfemos.
— Héctor Franco; Benditos sean los Blasfemos.