Tigre de bolsillo y de patas mojadas.
tañe sus garras de algodón sobre vitrales de tormenta.
Lluvia sacramental, descendiendo en espirales líquidas para absolver cicatrices que aprendieron a pronunciar su propio nombre.
Cortejo de súbditos esmaltados, orfebres de la apariencia, entronizados en porcinos famélicos que confunden el abismo con el vuelo.
No obstante,
ninguna uña tardía desflora la costura de mis llagas.
Fueron abiertas cuando yo mismo administraba la tormenta, cuando bebía del hierro de mi ira y llamaba fortaleza a la lenta demolición del alma.
Conozco el evangelio del incendio.
Fui discípulo del rencor antes de arrodillarme ante la paciencia.
Por eso no respondo al trueno.
He visto demasiados relámpagos morir de su propia luz.
Y mientras afilas símbolos contra espectros imaginarios,
el agua continúa cayendo,
litúrgica,
antigua,
lavando incluso aquello que juró permanecer impuro.
Porque existe una misericordia extraña:
la que no derrota monstruos,
la que les enseña descanso.