Bajo un cielo de tardes apagadas,
donde el otoño aprende a suspirar,
la naturaleza guarda caminos
que nadie alcanza a descifrar.
Las hojas caen en silencio,
como recuerdos que el tiempo dejó partir;
cada una sigue un rumbo incierto,
sin saber dónde habrá de morir.
El río arrastra viejas historias
que alguna vez quisieron permanecer;
sus aguas las alejan lentamente,
como aquello que no pudo ser.
A veces el viento trae nombres
que el corazón creía olvidar,
y despierta sombras dormidas
entre la niebla del recordar.
Hay posibilidades casi impredecibles
escondidas en cada despedida;
porque incluso en la tristeza más honda
se transforma, en secreto, la vida.
Y mientras la noche cubre los senderos
con su manto de soledad,
la naturaleza sigue su curso,
indiferente a nuestra fragilidad.
Quizás por eso duele y maravilla:
porque nada ha de permanecer igual;
somos hojas llevadas por el tiempo,
buscando un destino imposible de alcanzar.