Tomás Jácome

El jardín que nunca existió

Cuando la realidad se vuelve un idioma extraño,

y las calles de los días parecen escritas

con una tinta que no sé leer,

busco refugio.

 

Entonces llegas tú,

memoria disfrazada de hogar,

ficción vestida con la ropa de los recuerdos.

 

Me abres la puerta

y por un instante todo parece hermoso:

las risas tienen más luz de la que tuvieron,

las heridas olvidan su nombre,

y el pasado se convierte en un jardín

que nunca existió de esa manera.

 

Pero conozco tu truco.

 

Sé que escondes las sombras

detrás de las flores.

Sé que arrancas páginas enteras de la historia

para que el relato parezca más amable.

Sé que tomas los fragmentos más dulces

y construyes con ellos un paraíso

que jamás fue real.

 

Y aun así,

hay días en que casi te creo.

 

Hay días en que tu mentira

parece más cierta que la verdad.

 

Pero no volveré.

 

No regresaré a ese pozo sin fondo

donde confundía nostalgia con destino,

ni a ese lugar que me vio caer

una y otra vez bajo el peso

de lo que quise que fuera.

 

Porque algunas prisiones

aprenden a parecer jardines.

 

Y aunque desde lejos

sus muros brillen como el oro,

yo recuerdo el frío de sus noches,

el eco interminable de sus paredes,

la dificultad inmensa de encontrar la salida.

 

Por eso sigo caminando.

 

No hacia lo perfecto,

ni hacia lo que pudo haber sido,

sino hacia lo real.

 

Porque la verdad puede ser gris,

puede ser dura,

puede doler más que cualquier fantasía.

 

Pero al menos no me pide

que me pierda para quedarme.