No me haces falta, me haces bien,
y eso aún es más bonito que el querer urgente,
que el agarrarse al otro como tabla en la tormenta.
Tú no llenas vacíos, tú acompañas plenitudes.
No eres el agua en el desierto,
sino la luz que descubre que el desierto era hermoso.
No me faltas cuando te vas,
porque nunca falto cuando estoy conmigo.
Y al volver, no reparas nada:
sólo enciendes lo que ya ardía.
Así da gusto caminar:
sin ataduras, sin promesas de eternidad,
sabiendo que si un día ya no estás,
yo seguiré siendo yo, y tú seguirás siendo tú,
y lo que fue no dolerá como pérdida,
sino como un lujo que supimos tener.
No me haces falta. Me haces bien.
Y eso, amor, es más bonito que la necesidad.
Eso es quererse desde la libertad.