Salva Carrión

Peripecias del hada torpe Titania (Episodios del IX al XIV Reescritos)

 

 

 EPISODIO IX

El Musgo Lunar y el Topo Solitario

Titania, gracias a su bondad y empatía, empezaba a ser considerada una figura respetada en el Bosque Nevado. Poco importaba ya que su varita tuviera la fiabilidad de una rama seca en una tormenta o que ella misma protagonizara esporádicos aterrizajes forzosos contra abetos y ardillas desprevenidas. Sentía una profunda responsabilidad por el equilibrio de su hogar, aunque su estilo de gestión fuera, cuanto menos, accidentado.Su nuevo desafío surgió de una criatura humilde pero persistente: un tejón llamado Rokadio. Rokadio no era un excavador cualquiera; se presentaba a sí mismo como \"Ingeniero de Caminos Subterráneos y Gestor de Residuos Orgánicos\". Con su bigote gris agitándose como las agudas acículas de los pinos, Rokadio pasaba los días diseñando una red de túneles que, en su cabeza, era una obra maestra de la logística.El inconveniente era que su brújula interna parecía haber sido configurada por un duende bromista. Sus túneles solían terminar en destinos geográficamente absurdos: desde el salón de té de una familia de conejos, donde aparecía rompiendo el suelo justo cuando servían las galletitas de miel, hasta debajo de una zona de siesta de osos polares que, al despertar sobre el vacío, no solían mostrarse muy comprensivos con la \"arquitectura de vanguardia\".En una de sus erráticas incursiones, este disparatado excavador de túneles desenterró un pergamino amarillento que revelaba el secreto del Musgo Lunar: un liquen legendario capaz de soldar cualquier fibra viva, pero que solo despertaba su poder ante las antiguas baladas del bosque.Bajo el mismo suelo habitaba Okano, un topo veterano que valoraba el silencio y el orden táctil por encima de todas las cosas. El ilustre roedor era el custodio de los arcanos salmos necesarios para activar el musgo, pero su paciencia se había agotado. Harto de que las excavaciones \"vanguardistas\" del intruso tejón derrumbaran sus techos y enredaran las raíces, Okano tomó una medida drástica: royó el sistema radicular del Gran Alerce, el árbol más antiguo del lugar, y se encerró en un búnker de arcilla profunda, negándose a hablar con nadie.Rokadio, al ver que el Gran Alerce empezaba a palidecer y que sus propios túneles amenazaban con colapsar el ecosistema, intentó razonar con el topo. El resultado fue un silencio memorial, interrumpido solo por el sonido de Okano reforzando su puerta. Desesperado, el tejón buscó a Titania.—Buenos días, Rokadio. Te noto preocupado y... particularmente cubierto de barro —saludó el hada, mientras intentaba desenredar su ala de una zarza.—Así es, Titania. Okano ha mordisqueado los tegumentos del Gran Alerce en un ataque de furia. Está en huelga de comunicación y el árbol languidece. He venido a pedirte consejo —explicó el tejón, retorciendo su gorra de ingeniero.—¡Uuyy! Okano es un pequeño roedor más terco que una raíz de roble. Pero no hay nudo que la paciencia, y un poco de magia incierta, no pueda deshacer —respondió ella, pensativa.Titania sugirió primero la diplomacia gastronómica. Rokadio excavó un conducto de ventilación hacia el refugio de Okano para enviarle bulbos rellenos de trufa. El topo respondió con un golpe seco en la tierra que traducido del \"idioma subterráneo\" significaba: «Guardaos vuestros lujos y dadme silencio».

—Nuestro amigo no necesita manjares, Rokadio. Necesita sentirse visto, no solo oído —dedujo Titania—. Pero primero, consigamos la medicina.Con la mirada de la luna llena, recolectaron el musgo apagado, que parecía simple lana gris. Lo llevaron cerca de la entrada de Okano. Titania alzó su varita, que emitió un sonido parecido al de un pedernal acatarrado.—¡Vamos, vieja amiga, no me dejes mal ahora que tenemos público! —susurró Titania, dándole unos golpecitos a la varita contra su zapato de cristal.La varita soltó un chisporroteo violeta y, en lugar de la lluvia de colores prevista, lanzó unas burbujas efervescentes que olían a algodón de azúcar quemado y sonaban como un arpa desafinada. \"Efectos especiales de última generación\", improvisó Titania con una sonrisa nerviosa mientras las burbujas se filtraban por las grietas del suelo.

Dentro del refugio de Okano, las burbujas estallaron creando pequeños caleidoscopios de luz que iluminaron las paredes de barro como si fueran constelaciones. El topo, asombrado por aquel gesto de belleza sin exigencias, salió de su letargo. Se sintió, por primera vez en años, apreciado.

Asomando su nariz rosada por la superficie, Okano aceptó colaborar. Se aclaró la garganta con un carraspeo que hizo vibrar a las lombrices en tres metros a la redonda y comenzó su canto:

—¡O-oh-la-la-mus-go-brilla-firme-ya! —cantó con una voz que recordaba a una lija frotando un violonchelo.

Rokadio se tapó las orejas discretamente, pero Titania, con una profesionalidad admirable, marcaba el compás con la cabeza. El Musgo Lunar, sorprendentemente que, parecía amar las frecuencias bajas y desafinadas del topo, comenzó a emitir llamaradas verdes tan intensas que el tejón tuvo que ponerse sus gafas de protección de solar.

Sin perder un segundo, Titania aplicó el musgo vibrante sobre las heridas del Gran Alerce. Al contacto con el liquen, las raíces del árbol se sellaron al instante y una oleada de vigor recorrió su tronco hasta las hojas más altas, que recuperaron todo su brillo esmeralda.

Okano recuperó su autoestima al sentirse útil, y comprendió que, aunque la soledad ofrece un refugio seguro ante el ruido exterior, también levanta muros que mantienen lejos el afecto. Aprendió que el aislamiento no evita los conflictos, solo los silencia. La colaboración genuina, esa que permite que otros se acerquen a nuestra vida e incluso desordenen nuestros túneles, es capaz de sanar las grietas del orgullo. A partir de aquel día, el topo y el tejón establecieron una curiosa alianza: Rokadio aportaba la energía para excavar y Okano la planificación rigurosa para que los túneles no terminaran en el lugar equivocado. El viejo topo descubrió que pertenecer a un bosque unido es mucho más gratificante que reinar en la soledad de una madriguera.

Los bardos del bosque se quedaron temporalmente afónicos al tratar de imitar el curioso éxito musical de Okano, un silencio inesperado que todos agradecieron.

El Bosque Nevado volvió a respirar en paz, bajo la atenta y algo torpe mirada de su hada favorita.

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EPISODIO X

El Fresno Silente y el Corazón de Madera

El Bosque Nevado respiraba la quietud solemne del mediodía. Un tapiz de verdes intensos se extendía por todo el círculo visual, bañado por un sol de vaporosos reflejos naranjas.

Titania, con su media varita firmemente sujeta, sobrevolaba el Dosel Viejo, la sección más antigua y venerable del bosque, donde los árboles sostenían los pilares de su historia.

La paz que imperaba hasta ese momento fue invadida por un repentino y discordante zumbido cavernoso que rompió el respetuoso silencio. Era una pulsación lenta y grave, que parecía ascender desde las mismísimas entrañas de la tierra hasta las altas copas de los vetustos árboles.

Al descender de su vuelo, Titania encontró a su amigo, el leñador, de hombros anchos y barba pardusca, un hombre tan conocido por su robustez descomunal como por el hondo respeto que profesaba a todos los seres del bosque. Estaba de pie, contemplando con el ceño fruncido un enorme Fresno Silente que presentaba un aspecto preocupante e inusual.

—Titania, ¿has oído eso?— preguntó el hombre, señalando el tronco. Su pesada hacha, que normalmente manejaba con una delicadeza sorprendente para afrontar los duros trabajos, yacía a sus pies como una inseparable amiga— Suena... suena como el gemido de algo moribundo…

En efecto, un quedo pero constante “thump-thump” sonaba desde el interior del viejo fresno. El árbol, que debería vibrar con el vigoroso elíxir de la vida, se sentía extrañamente agotado. Sus hojas, aunque aún verdes, estaban mustias y carecían del brillo vivaz que sí adornaba el ramaje de sus vecinos. Era como si el gigante hubiese caído en un estado catatónico de inconsciencia.

Titania se acercó y posó su mano sobre la corteza rugosa. Percibió una voluntad adormecida, una nota mortecina que delataba un síntoma preocupante. Intentó invocar una chispa de magia con su media varita, pero la luz que emitió fue débil y parpadeante, como si el alma exhausta del fresno la estuviera absorbiendo para su propia supervivencia.

—No es un latido normal, amigo —dijo Titania con el ceño fruncido— Es un lamento endeble pidiendo ayuda. Este fresno se ha quedado sin la pujanza acumulada de los siglos. Está cayendo en un abisal letargo y, si no lo despertamos enseguida, se consumirá rápidamente.

El leñador palideció. Los altos fresnos eran los cimientos del Bosque Nevado, los anclajes de la vida forestal y climática. Si este caía, la estabilidad de todo el zócalo verde se vería comprometida.

—Pero ¿cómo? —preguntó el leñador, atusándose la barba— Los árboles no se \"apagan\" de esta manera tan repentina.

Titania recordó entonces los antiguos relatos de una desaparecida ninfa guardiana del bosque. Los fresnos necesitaban alimentarse de \"Corazones de Madera\", pequeños nódulos mágicos que crecían en las raíces de los árboles más ancianos. Solo un acto noble podía extraerlos y activarlos. La cuestión era que estos corazones eran increíblemente raros y su ubicación seguía siendo un gran misterio sin descubrir.

El hada y el leñador, confiados y llenos de esperanza, se involucraron en la búsqueda. Titania usó su varita para detectar vibraciones extraordinarias, mientras el hombre, con su sabiduría, indagaba en las señales visibles de las raigambres y geografía superficial.

Después de horas de búsqueda infructuosa, la media varita de Titania vibró de repente con más intensidad de lo habitual, había detectado un punto crucial.

Guiados por ella, llegaron hasta la entrada a una pequeña gruta escondida bajo los retorcidos retículos de un añoso sauce llorón. Allí, incrustado en la tierra húmeda, encontraron un objeto que parecía una piedra pulida, del tamaño de un puño de la pequeña Titania. Era de un color castaño claro, con finas vetas semejantes a líneas doradas: habían hallado uno de los misteriosos Corazones de Madera. Pero el nódulo estaba exangüe, frío al tacto, con su llama interior prácticamente extinguida.

—Necesita un toque, Titania. Una chispa tonificante para encenderse. Algo que lo despierte de su propio sueño— dijo el leñador, con su voz grave resonando en la pequeña gruta.

Titania tuvo una idea. Recordó la destreza del leñador con el hacha; una modulación sólida y precisa al ritmo constante de sus brazos. Al partir la madera para obtener leña, sus golpes se adaptaban a la cadencia de toda la floresta.

—Mira— dijo Titania, en un momento de inspiración—. Tú no solo cortas árboles secos: tú los conoces, sientes su aliento. Tu experiencia y conexión con la vegetación puede despertar este bulbo.

Con extrema cautela, el leñador tomó el Corazón de Madera. Era algo más pesado de lo que aparentaba. A su lado, Titania levitaba ligeramente, con la varita dispuesta para canalizar aquel empuje revitalizador.

—Procura no quebrarlo —advirtió ella con dulzura— Siente el compás íntimo del embrión que sostienes en tus manos. Aplica el mismo afán cuidadoso que empleas al hablar con un tronco caído.

El hombre cerró los ojos y respiró hondo, concentrándose. Con una cadencia deliberada, comenzó a golpear el objeto contra la palma de su mano, emulando el compás sistemático de un tambor chamánico.

Al principio no ocurrió nada. Sin embargo, a medida que mantenía aquel tiento firme y decidido, una sensación positiva colmaba el ambiente. Un destello ámbar brotó de las vetas de la madera, parpadeando al unísono con los golpes. Titania, con un movimiento de su varita, capturó ese poder revivido y lo dirigió como un hilo hacia el Fresno Silente, que yacía adormecido.

El latido del árbol se contagió de la llamada. Cuando el leñador detuvo su percusión, el objeto irradiaba una vitalidad desbordante. Con presteza, lo llevaron a la base del fresno y lo enterraron entre las raíces principales. Al contacto con la tierra húmeda, el Corazón se hundió como si regresara a casa, inyectando un suero de vida que recorrió cada capilar del árbol.

El lamento cavernoso cesó de inmediato, transformándose en una vigorosa sinfonía de savia nueva. Las hojas del Fresno Silente se irguieron, recuperando un brillo esmeralda casi sobrenatural que se contagió a los árboles vecinos. ¡El gigante había despertado!

El leñador se limpió el sudor de la frente, dejando escapar una risa aliviada mientras observaba a Titania revolotear radiante entre las ramas renovadas.

Sin embargo, en medio de su júbilo, el hada calculó mal la trayectoria de su pirueta triunfal. Con un estrépito de alas y hojas robustas, Titania chocó de lleno contra una rama baja que acababa de recuperar su rigidez. Rebotó como una pelota de trapo y aterrizó de espaldas sobre un mullido montón de musgo.

—¡Por las barbas del gran gnomo! —exclamó el leñador, conteniendo la risa.

Titania se puso en pie de un salto con una rapidez asombrosa, sacudiéndose la hojarasca del vestido y recolocándose la cabellera con una dignidad acostumbrada a reponerse de los continuos traspiés .

—No te equivoques, buen hombre —dijo ella, señalando el suelo con su media varita—. Estaba... inspeccionando la calidad del musgo desde una perspectiva de impacto. Es una técnica de diagnóstico elemental que claramente no comprendes.

—¡Ejem! ¿Ves? —prosiguió el hada con disimulo y patente alegría— Tu fuerza no es solo para derribar lo que ha muerto, sino para sostener lo que debe vivir.

Bajo la sombra del Fresno Silente, ambos comprendieron que la verdadera magia reside en la armonía alentadora que une el corazón del hombre con el ciclo de la naturaleza.

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EPISODIO XI

EL despertar de la Ninfa Guardiana del Bosque Nevado

Antes de que la inexperta, pero valiente Titania, se alzara como protectora, el Bosque Nevado prosperaba bajo el amparo de Akelia, la Ninfa Primogénita del Dosel Viejo. Su origen se remontaba a la era de la Gran Semilla, nacida directamente del vientre del Fresno Silente —el mismo árbol ancestral que Titania y el leñador acababan de rescatar—. Sin embargo, la esencia de Akelia no se limitaba a una sola raíz; ella estaba unida espiritualmente al tejido latente que conectaba a toda la arboleda, actuando como el sistema nervioso del bosque.

Akelia era la guardiana del equilibrio. Su misión suprema consistía en proteger a los Grandes Árboles, los pilares milenarios que anclaban la vida y regulaban el clima de aquel hábitat exuberante. Este sagrado deber le fue transmitido por su madre, la «Arborelia»: la deidad primigenia y alma misma del bosque, una fuerza cósmica que personificaba la voluntad de la flora para sobrevivir. Como herencia de este linaje divino, Akelia poseía el don de canalizar la energía de la Arborelia para materializar los Corazones de Madera.

Estos relucientes nódulos no eran simples objetos; eran cápsulas botánicas del tiempo, la manifestación física de la gratitud del bosque hacia la tierra y sus moradores. Cada Corazón concentraba siglos de memoria vegetal y vitalidad purificadora. Akelia, actuando como una sanadora mística, administraba estos nódulos y los injertaba en las raíces profundas de los árboles cuando detectaba la más mínima anomalía o síntoma de enfermedad, restaurando la salud del Dosel Viejo al instante.

Sin embargo, la paz terminó con la llegada de los perturbadores Lokardos, espíritus malignos de la sequía y la desesperación que buscaban marchitar toda forma de existencia. Aparecían como torbellinos de ceniza gris, con dedos largos y secos que sorbían la humedad de las hojas con solo rozarlas. Estos seres no podían dañar a Akelia directamente, pero pronto descubrieron cómo drenar su inestimable presencia. La atacaron con algo más sutil que el fuego: un aire infestado de desidia y olvido. Poco a poco, el hálito de la hermosa ninfa se fue apagando y el Dosel Viejo comenzó a marchitarse desde dentro. Las hojas se volvían quebradizas como el cristal, deshaciéndose en un ácido incoloro que asfixiaba a las todas criaturas. Los Lokardos no gritaban; emitían un siseo constante, similar al de la arena golpeando una piedra seca, un sonido que borraba los recuerdos de la ninfa. Akelia comenzó a olvidar los nombres de las flores y el lenguaje de los pájaros, sintiendo cómo su sabiduría milenaria se perdía entre sus dedos como arena en un desierto.

En un acto final de generosidad y supremo sacrificio, Akelia utilizó la última gota de su Arborelia para salvaguardar todos los Corazones de Madera que habían sido creados, ocultándolos en ignotas grutas y entre los retículos orgánicos más profundos, frustrando así el plan de los insidiosos duendes para destruirlos. Inmediatamente, y burlando su triste final, Akelia se fusionó con su árbol de origen, el Fresno Silente. Fue una transmigración a su estado inicial. Entró en un profundo y sosegado letargo, convirtiendo el Fresno Silente en su visible monumento y morada temporal. Su constante rumor, aquel zumbido que Titania y el leñador oyeron, no era más que la huella residual de su espíritu.

Con Akelia dormida, el secreto de los Corazones se perdió. El conocimiento sobre cómo extraerlos y activarlos se convirtió en una leyenda. Las pocas magas y ninfas que quedaron solo conservaban la parte superficial del mito: que las plantas leñosas se nutrían de los nódulos y que estos solo podían ser reactivados por una \"acción noble.\" Pero les faltaba el manual, el instrumento que los resucitara del hondo y prolongado adormecimiento.

Aquí es donde el destino eligió a Titania. Aunque se sentía torpe e imperfecta frente a la majestuosidad de la legendaria Akelia, la joven hada custodiaba en su memoria el mensaje de una misión inacabada. Ella logró descifrar el enigma que la sabia ninfa no pudo revelar antes de su sacrificio: la acción para despertar los nódulos no dependía únicamente del poder de un hada, sino de la veneración profunda por la vida vegetal, encarnada en la nobleza de alguien predestinado.

Aquel buen leñador poseía la pieza faltante: su integridad; pues solo tomaba del bosque lo necesario para vivir,  era el acorde necesario para la continuidad de la simetría del lugar.

El “thump-thump” del Fresno Silente comenzó peligrosamente a acelerarse, resonando con brío en el pecho de Titania. A pesar de sus dudas pasadas, el hada comprendió que la voluntad noble exigida por la leyenda se manifestaba finalmente allí, en la unión de su magia y la integridad de su amigo.

Consciente de la trascendencia del momento y guiado por una determinación inquebrantable, el leñador hundió la mano en su zurrón. Al extraer el Corazón de Madera, el claro del bosque pareció contener el aliento; el nódulo fulguraba con una luz trémula, como un pedazo de sol atrapado en resina ancestral. Con una reverencia nacida del respeto profundo y no del miedo, se arrodilló sobre la hojarasca y depositó la reliquia con infinita delicadeza en la base agrietada del gran árbol, justo en el epicentro donde las raíces milenarias aún se aferraban a la tierra como venas expuestas.

El efecto fue inmediato. Al entrar en contacto con la corteza reseca, el Corazón de Madera no se limitó a encajar, sino que se fundió con el árbol, disolviéndose en un denso vapor dorado y fosforescente. El gigantesco tallo del Fresno Silente pareció cobrar una súbita y ávida conciencia, absorbiendo aquella neblina mística a través de sus poros calcificados.

La respuesta de la naturaleza fue tan gloriosa como la leyenda había profetizado. De las entrañas del coloso brotó un gemido profundo, un eco telúrico que mudó de un lamento de agonía a un suspiro milenario de puro alivio y gratitud. En lo profundo del tronco, la savia, que había permanecido congelada por el tiempo y el olvido, despertó con un torrente de vitalidad renovada; se podía escuchar el delicado y rítmico murmullo del fluido abriéndose paso por los canales internos, latiendo con una frescura largamente reprimida.

Ante los ojos atónitos de Titania y el leñador, la corteza exterior, petrificada y gris por la prolongada somnolencia impuesta por los Lokardos, comenzó a resquebrajarse de arriba abajo. Los viejos nudos de madera se fracturaron con la elegancia de un crisol que se rompe, desprendiéndose en pedazos que caían al suelo como la piel marmórea de una vieja estatua que da paso a la vida. En ese instante de transmutación, el aire gélido del Bosque Nevado fue desplazado por una emanación cálida y cargada de humedad. Era un aroma embriagador que evocaba el nacimiento de una temprana primavera: una mezcla perfecta de tierra fértil tras la lluvia, ozono limpio y la dulzura ancestral de las flores silvestres al abrirse por primera vez.

La madera ancestral terminó de ceder con un crujido que sonó como el tañido de una campana de cristal bajo el agua. De la grieta central, envuelta en jirones de bruma dorada, emergió primero una mano translúcida, de dedos largos y elegantes, con una piel tersa y magnética que sobresalía como el tono verde del musgo nuevo cuando recibe los primeros rayos del sol. Tras ella, el resto de su figura se descubrió regiamente ante ellos, desprendiéndose del corazón del árbol como si la propia madera se volviera carne. Renacía Akelia, la Guardiana Primogénita. Su cuerpo silbaba una melodía sutil de sábanas de viento y estaba ataviado con un manto vivo de hojas frescas de fresno que palpitaban al unísono con su respiración; su piel, de una delicadeza mística, conservaba la pátina terrosa y plateada del árbol que la había cobijado durante eras. Su primer gesto, libre ya de las cadenas del olvido, fue un suspiro apaciguado y exhalado desde el centro de su ser. Aquel hálito sagrado expandió una onda de calor que hizo estremecer y sonreír de alivio hasta la última hoja de la rama más alta del Dosel Viejo. Cuando finalmente abrió los ojos, estos revelaron un abismo del color de la savia más auténtica: dos cuencas líquidas, pletóricas de sabiduría cósmica, que barrieron la penumbra del claro y se fijaron, con una gratitud infinita, en sus salvadores.

—El ritmo... —susurró Akelia, y su voz no fue un sonido humano, sino el eco apaciguado y armónico del campanilleo alegre de miles de capullos florales abriéndose a la vez tras el invierno—. La Arborelia es el espíritu del bosque, sí... la melodía oculta que late en cada raíz; pero es solo el apoyo, el lienzo en blanco. El contenido necesario, el verdadero milagro, es la sana y libre voluntad de la naturaleza en comunión con quienes la habitan.

La Ninfa, flotando a escasos centímetros de la hojarasca que ya reverdecía, se inclinó respetuosamente ante el leñador. En ese arco de reverencia, reconoció el poder de su ofrenda liberadora: la pureza de un hombre de carne y bondad que solo tomaba de la tierra lo que necesitaba para abrigar el hogar. Pero fue a Titania a quien dirigió su sonrisa más pródiga y luminosa, una mirada que envolvía el alma de la joven hada en un abrazo de admiración estelar.

Titania sintió un rubor ardiente expandirse por su pecho, una sensación desconocida de cierta vanidad y satisfacción que acalló de golpe todas sus viejas inseguridades. Por primera vez en su vida, el eco de sus errores pasados desapareció; ya no se sentía la criatura incompleta o fracasada que todos criticaban. Sus manos, que tantas veces habían temblado, ahora sostenían el propósito de una mejorada finalidad. Había canalizado su magia de forma más eficaz, obviando la fuerza clásica de los encantamientos, y escuchando los silencios ocultos de la tierra.

Akelia la miró entonces con una comprensión infinita, una ternura que trascendía la mera benevolencia de una deidad hacia su protegida, y extendió sus dedos de musgo para rozar el aire frente a ella.

—Tu media varita, Titania, fracasó en el pasado por una razón gloriosa —declaró la Ninfa, y su voz sintonizó con el latido del Fresno Silente—. Los antiguos hechizos buscaban dominar, no comprender. Yo protegí la senda de tu búsqueda desde las sombras del letargo, pero fuiste tú, con tu corazón limpio y bondadoso, quien recuperó la verdadera y olvidada forma de usarla. Has sellado la alianza eterna de respeto entre la vegetación y sus moradores. Tu magia no está rota, Titania... solo esperaba un propósito digno de su pureza.

Con su regreso, el efecto fue inmediato: el Dosel Viejo se magnificó y sus plantas se volvieron más verdes y resistentes. Akelia había regresado no solo como la guardiana, sino como la maestra honorable.

Los Lokardos, sintiendo la profusa oleada de vida que retornaba al lugar, se exiliaron al olvido, incapaces de soportar tanta fecunda y hermosa proliferación de la naturaleza.

Titania, el hada torpe, ahora tenía a la Guardiana Primogénita como aliada y mentora, una poderosa fuente de conocimiento sobre el verdadero poder de los Corazones de Madera.

Su misión no había terminado. Apenas comenzaba, ahora con una guía ilustre.

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EPISODIO XII

El Manual Perdido y las muescas de los corazones

El silencio que siguió al revivir de Akelia se manifestó como una veneración solemne, adornada con los aromas balsámicos de un bosque recién sanado. Akelia, la Ninfa Primera, se irguió en toda su altura. Su figura, ahora firme y radiante, emanaba un aura esmeralda tan potente que el musgo, antes reseco, se extendió y reverdeció sobre las piedras y troncos cercanos.

Se volvió primero hacia el leñador a quien le dedicó una respetuosa reverencia. Éste se quitó la gorra mostrando su respeto.

—Tu don reside en la nobleza de tu fortaleza y en la sabiduría con la que empuñas tu herramienta —declaró Akelia, con una voz que recordaba las notas de un arpa entre el follaje—. Es tu respeto por la tierra, nacido de un juicio íntegro y una bondad genuina, lo que logró romper las cadenas de mi letargo. Gracias a ti, el Fresno Silente ha despertado y respira bajo nuestra protección; sin embargo, este mundo que acabamos de rescatar aún requiere de tu empeño.

La ninfa extendió su mano y, entre emanaciones inofensivas de burbujas volcánicas, materializó una pieza de artesanía excepcional.

—Acepta este presente: tu nueva hacha de doble hoja. Ha sido forjada en las entrañas de las Fraguas Volcánicas del Norte, donde los Ancianos del Fuego fundieron el titanio primordial con lágrimas de basalto. Durante siete eras, el metal fue templado en las corrientes magnéticas de la tierra, confiriéndole una naturaleza dual: es tan ligera como una rama verde al viento, pero su corte es más letal e implacable que el rayo, volviéndola prácticamente indestructible. Observa el brillo cenizo de su metal; en la estructura misma de sus moléculas residen antiguos secretos mágicos, runas de protección que permanecen latentes, pero que se revelarán ante ti y despertarán con todo su esplendor cuando la necesidad sea verdaderamente apremiante. Úsala con sabiduría y templanza, pues es un arma nacida de la tierra que solo responderá ante un corazón que camine en sintonía con ella.

El Leñador, sobrecogido, aceptó el arma sagrada. Expresó su gratitud con fervor, aunque en ese instante aún no alcanzaba a vislumbrar la verdadera magnitud del poder que sostenía entre sus manos.

— No permitas que la codicia dirija tu filo; corta solo por justa necesidad, y esa nobleza te será recompensada eternamente. Ve ahora, y que la virtud guíe cada uno de tus pasos —sentenció ella como despedida.

Con el rostro iluminado por una sonrisa, el leñador asintió en silencio. Hizo una genuflexión de aceptación y consideración, sellando así su pacto con la Ninfa y su deber de actuar siempre con desinterés y en favor de causas honorables.

Titania, aún abrumada, esperó su turno. La ninfa se acercó con paso ligero, sus pies descalzos apenas rozaban el suelo.

—Ven aquí, pequeña Titania —dijo Akelia con dulzura—. Tu continua torpeza no era un defecto, sino un indicio: estabas tratando de aplicar una magia que no se encuentra en la superioridad, sino en la conexión espiritual con el mundo. No estabas siguiendo el \"Manual\".

Titania frunció el ceño, confundida.

—¿El Manual? ¿Un libro? Creía que todo el conocimiento de la Arborelia se había perdido.

—El manual no es un pergamino de antiguas fórmulas y palabras místicas. Es una idea, una enseñanza de comprensión e integración con todo el entorno. Yo pude crear los Corazones de Madera, los objetos físicos, pero tras mi larga ausencia, olvidé la guía para despertarlos. La amenaza de los Lokardos era la del olvido y la división, y no pude encontrar una réplica a ese maleficio, por lo que entré en un estado voluntario de letargo.

Akelia tomó la mano de Titania, y al tocarla, el hada sintió el río de toda la savia del Dosel Viejo recorrer por sus intangibles venas.

—Tus fracasos al usar la media varita venían de querer forzar la magia, de creer que tú sola podías ser la fuente de cualquier prodigioso cambio. Sin embargo, como tus hermanas hadas, eres una mediadora de ese poder astral. Los Corazones de Madera no solo se encienden con las habilidades de las hadas, sino con la aplicación de la sabiduría y el apoyo mutuo. Tu media varita que siempre te acompaña, es solo un artilugio, una vía de conocimiento personal para beneficiar a los demás.

Titania parpadeó, la comprensión se encendía en sus ojos.

—Entonces... mi magia no es débil, sino que es... diferente. Es una magia de puente.

—Así es. Mientras yo dormía, los Corazones se volvieron simples esferas apagadas. El leñador ha demostrado que un acto noble es el único reactivo que queda en el Bosque Nevado. Y esa propiedad, aunque escasa, es también la finalidad para que los sueños se hagan realidad.

Akelia adoptó una expresión grave.

—Titania, los Lokardos no se han ido del todo; solo han sido expulsados del Dosel Viejo. Hay cuatro Corazones de Madera más, mucho más importantes que el que acabamos de usar, que nutren los puntos cardinales de este bosque. Si caen en manos de ese grupo perverso, todo lo que hicimos hoy se revertirá.

La ninfa extendió un mapa de musgo que se desplegó en el suelo. En él, cuatro puntos señalaban un el lugar donde se hallaban los corazones que debían ser recuperados.

—Tu primera misión como mi aliada es simple, aunque no peligrosa: aprender a sentir y a orientarte. Debes usar tu varita como guía y escuchar la sutil llamada de esos cuatro puntos. Tienes que encontrar esos Corazones. En adelante, yo te enseñaré a ver el hilo invisible de la magia, pero la oportunidad para decidir y actuar será enteramente tuya.

Titania se arrodilló junto al mapa de musgo, que ahora, bajo el halo cetrino de Akelia, parecía un valioso tapiz de seda. Podía sentir una punzada sorda, un golpecito rítmico, justo en el centro de su pecho, donde el flujo de la savia se había anclado. Era la llave que la ninfa le había prometido.

—Escúchame, Titania —dijo Akelia, colocando dos dedos sobre la frente del hada—. Los Corazones de Madera se alimentan del espíritu del bosque, de la Arborelia. Cuando esa fe se marchita, el Lokardo más peligroso, el Olvido, se instala y los corazones se oscurecen.

Akelia hizo una pausa, sus ojos fijos donde ya asomaban el crepúsculo vespertino.

—Para el Fresno Silente, se necesitó un acto de respeto. Para los otros cuatro, necesitarás más: una ofrenda de honestidad sincera. Para encontrar un Corazón a tiempo, usa tu varita para canalizar el sentido de la orientación que te guíe hasta él.

Titania asimiló la gravedad de su nueva tarea. Proteger era, sin duda, más difícil que crear.

—¿Y si llego tarde? —preguntó Titania, su voz con un ligero temblor de incertidumbre.

El rostro de Akelia se endureció.

—Si el Corazón se ha apagado, él destructivo rencor del Lokardo estará allí. Para restituirlo se necesitará algo más escaso que el talento: la voluntad de actuar sin esperar nada a cambio. Encontrar a la persona más desinteresada de esa zona y conseguir que toque el Corazón de Madera. Pero el Olvido es fuerte; para entonces, pocos recordarán la importancia del bosque.

Akelia tomó el trozo de varita del hada. El metal al contacto con la mano de la Ninfa adquirió una cualidad de especial utilidad que se adhirió a su magia: el sentido de la orientación en la nada. Y añadió:

—Tu astillada varita es, desde este momento, la Llave del Compromiso, de tu admirable fe en los demás, que te dará la confianza y constancia para triunfar en tus metas. Mírala, Titania.

Al observarla, el hada vio que en su punta aparecían cinco pequeñas muescas en forma de cruz.

—Al despertar el Fresno Silente se desbloqueó la primera muesca gracias a la mediación del leñador, cuya virtud se sumó a la varita. En cada una de las otras cuatro marcas hallarás una parte sustanciosa de la propia Arborelia.

Cada vez que encuentres un Corazón y sea reactivado con un acto de franca generosidad, la varita absorberá esa energía y desbloqueará una nueva muesca. Serán cinco los puntos de la Cruz Áurea. El primero que ya activaste con la ayuda del leñador, es el que luce en medio de la Cruz.

—No te demores —instó Akelia, mientras el mapa de musgo se enrollaba y se deslizaba en un bolsillo de Titania— El punto primero está hacia el oeste, cerca de los lindes de las tierras inexploradas. Busca la Flor de la Humildad, Titania. Es la única que crece en el barro del desinterés. Cierra ese círculo con todos los puntos cardinales hasta nuestro próximo encuentro.

Titania asintió con una reverencia más propia de una decidida exploradora que de un hada torpe.

Con una digna inclinación de cabeza al Fresno Silente y una mirada cómplice hacia Titania, se despidió y se internó en el bosque. El sonido de sus pasos quedó amortiguado de inmediato por la alfombra de hojarasca húmeda, evidenciando que el bosque la acogía con gratitud.

Una vez sola, Titania se levantó, sintiendo el peso de la responsabilidad, pero también la ligereza de un propósito claro: hallar los demás Corazones.

Mientras elevaba su vuelo sobre el Dosel, lista para iniciar su misión, Titania apretó su varita. Por primera vez, la sintió como un símbolo de su recién adquirido compromiso.

El Bosque Nevado no solo necesitaba a la Ninfa Guardiana; también necesitaba a un hada capaz de creer en sí misma y en la conjunción favorable de todo el universo.

Y Titania, con el ánimo de la savia en su tórax y una nueva responsabilidad en su mano, estaba lista para el resurgir de otro corazón.

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EPISODIO XIII

La Flor en el Barro de la Desidia.

Titania reanudó el vuelo toda entusiasmada. Su media varita ya era algo más que una fantástica herramienta. Era una extensión de su propia benevolencia. Su tórax contenía el arrullo constante de la cazumbre del Fresno Silente, una brújula interna que marcaba el camino correcto. Siguiendo las instrucciones de Akelia, se orientó decididamente hacia el Oeste, donde el mapa de musgo había señalado el Corazón de Madera más vulnerable.

El viaje fue veloz. A medida que se alejaba del denso y protector Dosel Viejo, el Bosque Nevado se volvía más lóbrego y ralo. Los árboles no parecían muertos, pero sus hojas mostraban un color apagado, y el aire olía a tierra agostada en lugar de a resina y lozanía. Esta era la frontera entre la naturaleza exuberante y la tierra maltratada, justo donde el Lokardo del Olvido había establecido su influencia.

Titania descendió sobre una pequeña cañada surcada por un arroyo casi seco. La ninfa le había advertido sobre la Flor de la Humildad y, como el hada sabía, no debía buscar algo extravagante o vistoso. Una dádiva benefactora no brotaría en el jardín de un rey, sino en un lugar más discreto y sencillo.

El aire se sentía denso, como si una pesada manta gris cubriera el paisaje. Al tocar el suelo, Titania sintió que el sordo latido de la Arborelia en su seno se volvía más flácido, apenas una sensación moribunda.

—Aquí debe estar —murmuró ella.

Su varita reaccionó con cierta dificultad. Apuntó hacia un grupo de rocas cubiertas por algunos escasos matorrales. Entre ellos descubrió un Corazón de Madera. Una esfera opaca del tamaño de una simple nuez, que emitía una luz tan tenue que apenas lograba penetrar en la oscuridad del inminente anochecer.

Titania sabía que su propia magia sería insuficiente para revivirlo. Necesitaba encontrar la voluntad noble que Akelia le había descrito.

Continuó a pie por la cañada, buscando el indicio de una ofrenda sincera. La Flor de la Humildad no era una planta literal; era la metáfora de un gesto noble.

Entonces, un sonido muy especial rompió el silencio: el duro y repetitivo golpe de una pala al hendir la tierra.

Siguió esa señal hasta un pequeño huerto escondido tras una duna de arena. Allí, una mujer mayor, llamada Ekara, vestida con ropas sencillas y gastadas, trabajaba la labranza incansablemente. La escena era la quintaesencia del esfuerzo honesto y necesario para lograr que germinara un fruto de forma altruista.

Titania vio que estaba despejando un pequeño canal de lodo casi seco para desviar la última y escasa gota de agua del arroyo hacia la base de un viejo y nudoso tilo que sobrevivía más allá del linde del bosque.

—¿Por qué ese árbol? —preguntó Titania, acercándose con cautela.

Ekara se detuvo, limpiándose el sudor de la frente con un trapo viejo. Vio al hada y la recibió con una sonrisa calmada, sin ocultar un cierto asombro respetuoso.

—Es el Tilo del Pacto —dijo Ekara, señalando las pocas ramas lacias— Mi abuelo me enseñó que las raíces de este árbol son las que sostienen las tierras de la ladera para evitar deslizamientos. Si el tilo muere, el terruño se vendrá abajo con las próximas lluvias. Mi propia cosecha ya se ha echado a perder este año, pero el árbol no tiene la culpa de que sus raíces se estén agostando.

Titania comprendió que la humilde campesina Ekara no estaba salvando su sustento, sino protegiendo a su comunidad y los sembradíos circundantes. Ese era el propósito desinteresado, la sustancia de la humildad que florecía en la solidaridad frente al \"fango\" de la desidia egoísta de otros.

El hada se acercó al Corazón de Madera y alzó la Llave del Compromiso, su precaria varita, mientras sentía el vínculo de la Arborelia invocar el catalizador que ayudaría a restablecer la armonía de los cultivos.

—Ekara — hablo Titania, con una voz ahora firme—, he de pedirte un favor. Uno muy simple, pero fundamental.

Ekara la miró con serenidad, sin cuestionar las razones de la maga.

—Toca este objeto sencillo de madera.

La campesina se acercó con cuidado y posó su mano, rugosa y sucia de cieno, sobre la superficie opaca del Corazón de Madera.

En el preciso instante del contacto, el Olvido que cubría la esfera se desvaneció con un silbido descendente. El Corazón revivió con una claridad agradable, emitiendo una nota de vigor fresco que se extendió por toda la vaguada. Las pocas ramas del roble moribundo se enderezaron, tomando un tono de renovada viveza y el áspero riacho dejó fluir un mayor caudal de agua.

Ekara retiró la mano, sintiéndose maravillada.

Titania levantó su varita, la Llave del Compromiso, al sentir la fertilidad restaurada, había absorbido la nobleza del acto. En la punta de la varita, la segunda muesca se iluminó con un destello dorado.

—Has activado la magia, Ekara —dijo Titania—. Tu voluntad loable ha salvado este punto cardinal del bosque.

—Solo usé lo que realmente necesitaba: agua —respondió Ekara con una sonrisa tranquila.

Animada por el vigor del nuevo caudal, la campesina se acercó al canal para asearse un poco, pues sus manos y brazos aún estaban cubiertos del lodo de la labranza. Sin embargo, la fuerza del agua, ahora mucho más abundante y briosa, le jugó una mala pasada. Al inclinarse, Ekara perdió el equilibrio y, con un grito de sorpresa, cayó de bruces en la corriente. Tras un par de chapoteos poco elegantes, logró gatear hasta la orilla, saliendo del agua empapada de pies a cabeza y tiritando violentamente mientras el frío del atardecer empezaba a calar en sus huesos.

Titania, que ya se disponía a proseguir su viaje, no pudo evitar una mueca de simpatía y lástima. Agitó su media varita con un movimiento elegante y, con un destello de estrellitas, transformó los harapos mojados de la mujer en un majestuoso vestido de princesa, cuajado de sedas, encajes de oro y pequeñas perlas que brillaban con un lujo exacerbado.

Ekara se miró de arriba abajo, perpleja. Intentó dar un paso, pero casi tropieza con el exceso de faldas y el corsé que le impedía respirar con normalidad.

—Señora Hada... —dijo la campesina con voz temblorosa por el frío, pero llena de lógica—, agradezco el detalle, pero estos lujosos ropajes no sirven para trabajar la tierra. ¡Me voy a quedar enganchada en el primer matorral!

Titania se llevó una mano a la boca, abochornada al comprender el escaso sentido práctico de su magia. 

—¡Oh, perdona! —se disculpó con una risita nerviosa—. A veces, las de mi especie nos dejamos llevar por el entusiasmo estético. Míralo por el lado bueno: la tela es de excelente calidad y, sobre todo, está seca. Considéralo una justa reparación por el baño imprevisto; siéntete libre de recortarla o adaptarla como mejor te convenga para tus labores.

Mientras la campesina comenzaba a remangarse laboriosamente las incomodas capas de seda, Titania desplegó su mapa de musgo. El Corazón del Oeste ya latía con fuerza, restaurando el equilibrio en la vaguada. Sin embargo, el camino aún era largo; la brújula de su varita apuntaba ahora hacia el Norte, hacia los riscos helados de la meseta, un territorio donde la soledad y el rigor del clima alimentaban los gérmenes de la angustia.

Con un último gesto de despedida, el hada retomó el vuelo, dejando atrás a una \"princesa\" improvisada que ya buscaba sus tijeras de sastre decidida a transformar aquel fastuoso vestido de gala en el uniforme de faena más resistente y brillante que el huerto hubiera visto jamás.

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EPISODIO XIV

El Fuego de la Esperanza y la Fe Interior

Una vez conseguido el segundo corazón, Titania se alzó dejando atrás el verdegal restaurado del Oeste y se dirigió hacia el Norte.

A medida que se acercaba a su nuevo destino, percibía cómo el paisaje se hacía más agreste. El hada sintió que el aviso de Akelia en su varita iba en aumento, una resonancia que apuntaba nítidamente hacia el nuevo objetivo.

La transición fue abrupta. El aire se hizo espeso y áspero, revelando una vasta meseta salpicada de rocas de pizarra, y barrida por continuos ventarrones donde la nieve se aferraba tercamente incluso en los días más cálidos. La luz del sol se transformó en un blanco cegador que rebotaba en la escarcha, hiriendo el espejo celeste.

La varita tembló advirtiendo el cambio. El Lokardo del Olvido había dejado aquí una marca mucho más profunda. La desolación era una forma de arte maligna, un daño de devastación que llenaba todo el horizonte visible. Titania descendió sobre una formación pedregosa conocida como los Dientes del Gigante, donde el viento silbaba como un espíritu quejumbroso.

Aquí se hallaba el tercer corazón de madera, encajado en un nicho de hielo opaco. Era apenas discernible: un diminuto polígono esférico cubierto por una costra tan blanca y gélida que se confundía con el entorno, como si rehusara ser encontrado.

El hada se acercó. Al tocar el hielo, sintió una onda inquietante que despertó su alerta. En ese momento, acudieron a su mente las indicaciones de Akelia para la activación. Para reavivar este Corazón se requería el Fuego de la Esperanza: la voluntad de persistir cuando todo se ha perdido.

Con esta intención, Titania comenzó a buscar una muestra de nobleza en el páramo, cavilando qué sacrificio quedaba por hacer en un lugar donde la supervivencia misma era un desafío constante.

Repentinamente, una sensible indicación de su varita le dirigió a lo largo del borde de un acantilado cubierto de hielo duro. Justo al pie de la caída, vislumbró un pequeño refugio natural tallado por la erosión. Allí distinguió un ínfimo resplandor anaranjado y un olor a humo de turba.

En ese rincón residía Koris, un anciano pastor que parecía estar hecho de la misma madera nudosa que una conífera abuela. Lo encontró sentado junto a una hoguera mortecina, alimentada por abrojos húmedos y algunas ramas quebradas que había tenido que racionar.

Este hombre guardaba un gran valor en su interior: el de cumplir las promesas en toda su extensión.

Titania se dio cuenta de que usaba el calor residual de las brasas para calentarse y moldear delicadas figuras de madera que representaban alces.

—¿Qué haces aquí sin refugiarte y con este frío? —preguntó Titania, acercándose despacio para no alarmarlo.

A pesar de que el hada era casi invisible para los mortales, Koris advirtió su presencia al levantar la vista y le saludó con una extraña placidez.

—Mi rebaño se perdió con la gran tormenta de invierno, hace cinco días —respondió, con una voz rasposa pero firme— Mi casa yace enterrada en la nieve. Me quedan solo estas pocas ascuas.

Titania asintió, comprendiendo el desamparo que lo consumía. Su rebaño, su sustento y su refugio, todo había desaparecido.

—¿Y por qué te dedicas a hacer estas figuras de madera? ¿No deberías usar ese calor para calentarte o buscar ayuda? —recabó preocupada.

El anciano miró la figurita de un alce que acababa de terminar, cuyo contorno se definía ligeramente bajo el reflejo de la lumbre, y explicó el motivo de su trabajo:

—Mis nietos vienen desde el valle a verme cada primavera, si el deshielo lo permite —explicó, con una pequeña sonrisa. —Si yo muero de frío, eso es el destino, y no tengo control sobre él. Pero si muero sin haberles hecho los juguetes que les prometí, su decepción vivirá más allá de mi recuerdo. estas maderitas están frías, y mis manos también, pero mientras pueda seguir dándoles algo que esperan recibir, aún hay algo que yo puedo hacer. Y si hay algo que hacer, hay esperanza.

Titania sintió disolverse el nudo de frío emocional que le aprisionaba. El pobre hombre lo había perdido todo, pero dedicaba sus últimas energías, aquellas que garantizaban su propia supervivencia, a proteger la promesa de la alegría futura de otros, aunque no estuvieran presentes. Su quehacer era una pequeña lámpara contra la oscuridad del Olvido.

El hada le acercó el Corazón de Madera y le animó a interactuar con él.

—Koris —dijo Titania—, te pido que toques esta figura también de madera y otorgues la bendición de tus manos.

Sin dudar, el pastor se levantó y posó su mano, ya casi insensible por el frío, sobre la peculiar esfera.

Al tacto, la capa blanca se agrietó repentinamente y liberó un vaho acogedor. El Corazón del Norte se encendió como una brasa incandescente. La energía de la esperanza, absorbida por la Llave del Compromiso, integrada en la varita, se manifestó activando esta tercera muesca, cuyo efecto tonificante se extendió por el yermo. Los agudos perfiles de las rocas se volvieron más romos y el viento disminuyó su quejido lúgubre.

—La desesperación ha sido rechazada aquí —dijo Titania—. Lo que has hecho ha encendido el espíritu benigno de esta región.

—Solo hice lo que debía —susurró Koris, regresando a su pequeña hoguera con la parsimonia de quien ha cumplido una jornada natural.

El anciano se sentó de nuevo, con los dedos algo entumecidos y el pulso tembloroso. Con un último esfuerzo de voluntad, pulió con el borde de su túnica raída la figurilla del alce hasta que la madera brilló bajo la luz incandescente del Corazón. Con una delicadeza casi sagrada, envolvió cada pieza en un viejo paño de raso que guardaba como un tesoro en su regazo. Junto a ellas, depositó un trozo de fina corteza de abedul donde, con mano trémula, había grabado los nombres de sus dos nietos.

Al terminar, Koris no buscó refugio ni pidió más tiempo. Simplemente contempló el horizonte nevado, allí donde el blanco de la tierra se fundía con el gris del cielo, y esbozó una sonrisa de profunda quietud. Sus ojos, testigos de mil inviernos, se cerraron lentamente mientras su último aliento se convertía en una breve nube de vapor que el viento del Norte acogió con respeto. Murió como mueren los robles: en silencio y sosteniendo la vida de otros hasta el final.

Apenas unos instantes después, el crujido de la nieve anunció una llegada inesperada. Dos figuras pequeñas, envueltas en pieles gruesas, aparecieron por el sendero del acantilado. Eran sus nietos; el deshielo temprano, provocado por la magia del Corazón, les había permitido subir antes de lo previsto. Al encontrar el cuerpo inerte y sereno de su abuelo, el silencio del páramo se volvió de piedra.

Con manos temblorosas, el mayor tomó el paquete de raso. Al descubrir los juguetes aún tibios y leer el mensaje de amor escrito en la corteza, el entendimiento les golpeó con la fuerza de un alud. El nieto más pequeño rompió el silencio con un llanto lastimero, un grito de orfandad que rebotó en los Dientes del Gigante, abrazando la figurilla de madera contra su pecho como si en ella latiera todavía el corazón del anciano.

Titania, que ya había emprendido el vuelo hacia las nubes, sintió de pronto que ese lamento le atravesaba el pecho, el peso puro y humano del duelo. La melancolía por la pérdida de aquel hombre, cuya luz se había apagado para que el Norte volviera a brillar, la distrajo de las corrientes de aire. Sus alas, acostumbradas a la ligereza de la alegría, se volvieron pesadas por la tristeza de aquel mundo.

Un violento golpe de viento la sacudió y, por un segundo, Titania olvidó cómo ser aire. Perdió el equilibrio y chocó con un crujido seco contra una de las afiladas crestas de pizarra. El dolor fue un relámpago que nubló su vista.

El hada cayó sobre el manto blanco con un ala doblada y herida, rota por el peso de una emoción que no sabía cómo cargar. Intentó elevarse, pero el cielo se sentía ahora inalcanzable. Con una mezcla de determinación y una nueva y extraña resignación, Titania se puso en pie. Limpió la nieve de su vestido y, cojeando, pero firme, comenzó a caminar, lamentando la muerte del buen anciano y su ejemplo.

Faltaban solo dos Corazones. El mapa de musgo, proyectado ahora por tres muescas brillantes, señalaba hacia el Este: un horizonte de arenas interminables donde la arrogancia del hombre sería un desafío mayor que el frío del invierno. Sin alas, pero con la esperanza de Koris grabada en el alma, el hada se internó a pie en busca de la grandeza de una nueva acción.

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*Autores: Nelaery &  Salva Carrión