Cuando lo que no cae del cielo ha de ser conquistado por una mente lúcida,
gracias a las semillas de un pensamiento claro, previamente oxigenado…
como un espejo que se limpia tras el vaho de una buena ducha.
Exige la emancipación emocional de los otros:
quedar libre de ataduras y cuerdas,
sin perder la capacidad de dar.
Requiere el valor y la firmeza de un espíritu libre,
el autocontrol, el autoanálisis…
y el gobierno sereno de las propias emociones.
La independencia económica,
fruto del esfuerzo y sin dependencia de terceros,
desvela lo verdaderamente esencial:
lo que es justo, lo que es suficiente, y, como la ropa de invierno en verano...
todo aquello que sobra.
Cuando lo que no cae del cielo es la libertad individual,
nace de comprender,
más allá de la emancipación emocional,
que no solo se ha venido aquí a aprender, sino también a dar…
y que ambas cosas forman la misma tarea: mejorar.
Lo que no cae del cielo deja de ser mito para convertirse en realidad:
en lucidez que ordena el pensamiento,
en autonomía que sostiene la vida, en generosidad que le da sentido…
y en acción que lo encarna.