Sebas 1987

Distopía métrica

Distopía métrica

​Desperté consternado, hombre envuelto en diario,

envuelto en carne prensa.

Enajenado, nasdat con sus cadáveres adornados.

La sopa fría, desvinculada de la mesa;

el enemigo despoblado, con la moral como moneda al aire.

​Recordé los ruidos en mis pesadillas,

el estrépito que te sumerge en el vacío.

Cargando en las costillas la herencia hereje,

el pacto de sangre de un linaje maldito que no pedí firmar.

​Desperté por naturaleza, por los convenios con los parques

y las utopías disponibles que aún puedo corromper.

Pero bruscamente me quedé mirando los fósforos del suelo,

el movimiento improvisado de las cortinas, el imprevisto aire,

el aliento impreso, el silencio impermeable,

la soledad impregnada en las conductas de los pájaros…

​La pared, la caja de libros, la mosca vehemente, prisionera y dócil.

El anuncio de la felicidad en un paquete de sal.

​Desperté y el desorden de mis ojos era líquido,

y sé que me llevaría tiempo volver a Dios.

Insulté paralelos y vi fantasmas verdes amotinados en un rincón,

pero a mí el rumor ya no me espanta.

​Noté que el techo solía estar más arriba.

¿Será el peso de la estirpe maldita que lo empuja hacia abajo?

¿Pero qué sabe el techo qué tan alto tiene que estar?

​Desperté viendo el aire inclinado en la puerta,

el mismo aire que ayer respiré y resguardé.

Las ventanas con la ventura del raquitismo,

el miedo estéril, mis ojos revolviendo allí.

​Según expertos en televisores el mundo gira y gira.

Yo, afuera de casa, barriendo miserias,

sonreí incrédulo y feliz.