Me despreciaste aquella tarde porque
según tú vestías de elegancia y yo lo
hacía como siempre sencillo, pero tu
vanidad no llegó tan alto porque lo
que traías pegado a tu cuerpo
no era tuyo, todo era prestado.
Ahora en este tiempo, aparentas lo
que no tienes, que casualidad que
vi donde vives y no es por apocarte
pero que pena me da, se te cayó al piso.
Hoy rezo por ti para que cambies
de actitud y que no presumas de
grandeza porque al final del camino
solo somos de carne y hueso
y a una foza pasaremos a vivir.
Así de fácil es la vida.