Con la felicidad a medio afirmar,
pero con la complacencia de haberte visto triunfar.
La crudeza de la distancia…
que interpone entre nosotros
miles de millas de añoranza…
y cientos de buenos pretextos…
para volver a soñar.
Me someto al castigo de tu ausencia,
me resigno a tu alejamiento fatal,
pero atesoro la sonrisa de tu recuerdo…
y guardo en mi memoria la luz de tu semblante…
como recompensa a esta inexplicable realidad.
Debería ser más de la tristeza…
que del regocijo que siento al imaginarte regresar.
Me sacude una dicha misteriosa…
que ironiza con el dolor de acogerse…
aceptando el silencio de tu presencia,
admitiendo esta soledad como consecuencia…
y tu aparición como ofrenda del Creador.
En mis venas corre un río de delirios,
por tus venas el mismo río de ilusiones,
somos como la corriente que baja presurosa…
a encontrarse con ese inmenso mar de pasión.
Nacimos el uno para el otro,
Yo, para custodiar tu llegada…
y apartar las breñas del camino…
abriendo el sendero a tu destino…
para que cumplas tu cometido divino,
la de tu sagrada misión.
No habrá tarea más noble y altiva…
que el de haber sido escogido tu guardián,
seré tu juicioso y valiente protector,
tu escudero y capitán.
Cuidaré de ti ante los conflictos de los dramas cotidianos,
y vigilaré desde lo alto tu parsimonioso trajinar,
silenciosamente,
cada paso que das.
Eres el mayor privilegio que la vida mi pudo otorgar,
y hoy contemplo con orgullo…
la seguridad que has erigido en tu interior.
Te has convertido ante Dios y ante el mundo…
en una valerosa mujer.
Bendigo el día en que llegaste a alegrarme la existencia…
y te bendigo a ti… por ser quién eres hoy.