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El desierto de los Puertos

Poco a poco, a medida que los Puertos se vaciaban de su gente, las casas abandonadas se iban agrietando. Las plazas, con su olmo marchito junto a una iglesia cerrada de campanas inmóviles y llenas de nidos de palomas, se poblaban de silencio; un silencio roto solo por el eco mecánico y monótono de las aspas de unos molinos de viento. Estos gigantes energéticos —a los que combatió sin fortuna Don Quijote— iban sustituyendo en lo alto de las muelas a las encinas y robles más antiguos, aquellos que habían sobrevivido al pastoreo y a las carboneras.

Quedaban solo los que no tenían adónde ir: desatendidos en lo más básico pero orgullosos de su tierra. Jefes de esas casas de piedra que se desmoronaban como la balsa de Lope de Aguirre hundiéndose en medio de la nada, flotaban en la melancolía de otros tiempos. Asumían el papel de héroes de la resistencia, movidos por una resignación estoica y unos principios que les hacían inaguantable la vida en la ciudad; última trinchera de un mundo que se perdía.

Ángel Blasco