José Honorio Martínez Ochoa

Baladas para esculpir el alma

Baladas para esculpir el alma

 Porque a nuestros ojos, todavía húmedos por la sombra,
llegó lentamente el goteo del alba,
y el día no apareció como una claridad repentina,
sino como algo que se acercaba respirando,
como una presencia que buscara un lugar donde permanecer.

Entonces comprendí
que un poema no comienza en la palabra,
ni en la voluntad de quien escribe,
sino mucho antes,
allí donde el silencio mueve sus raíces
y espera pacientemente una forma.

Algo despierta en la pupila.
Un murmullo apenas visible atraviesa la mirada,
como si el aire encontrara una abertura
para entrar en el mundo.
Y lo que permanece oculto
comienza lentamente a acercarse.

La palabra surge así:
no como un objeto que se posee,
sino como algo que llega
y pide morada.

Nos inclinamos hacia ella,
la tocamos con manos hechas de memoria y espera;
inventamos versos para acompañar su nacimiento,
para dar una casa a aquello
que aún no sabe pronunciarse.

La metáfora avanza despacio entre las sombras,
como agua buscando el cauce de una piedra,
y nuestro propio verso amanece entonces
como un árbol que abre sus ramas al viento.

Nosotros permanecemos allí,
en medio de la extensión del mar,
con los remos entre las manos,
sin saber con certeza hacia dónde vamos,
pero escuchando el rumor del agua
como quien escucha una antigua enseñanza.

La poesía cuelga sobre los huertos
como un fruto suspendido en su propia espera.
Extiende los brazos hacia las nubes,
se inclina hacia la luz,
y en su lento movimiento
parece abrir una pequeña libertad en el aire.

Me entrego a tus murmullos de madera.

Permanezco junto a la ventana del mar,
escuchando las olas entrar y retirarse,
porque también la memoria respira,
y deja en nosotros
algo semejante a una marea silenciosa.

Espero allí,
para que una estrella atraviese nuestras bocas,
para que la voz encuentre su regreso,
para que aquello que hemos amado
permanezca un instante más entre nosotros.

Tus ojos sostienen un cielo que se mueve con el viento.
Y el deseo no asciende como una llamarada,
sino que permanece,
girando lentamente entre las cosas,
como una constelación que busca su lugar en la noche.

Entonces la palabra vuelve a surgir.

Detrás de ella permanecen las huellas del verbo,
la respiración antigua del aire,
el movimiento que une las ramas, el mar y la luz.

Es tiempo de dejar las ideas entre los árboles,
de verlas crecer lentamente entre la corteza y la claridad,
de permitirles reposar sobre la orilla del pensamiento
hasta que encuentren su propia forma.

Comprendo entonces
que estar en el centro no es permanecer inmóvil.
Es atravesar la transformación de la mirada,
dejar que los ojos abandonen lo conocido
y aprendan nuevamente a habitar el mundo.

Por eso regreso a la montaña de libros.

Aquí están los poetas,
no como voces lejanas,
sino como quienes todavía cuidan el fuego del lenguaje.

Sus versos cuelgan entre las ramas del tiempo
como estrellas detenidas en un parpadeo.

Y sobre la pared
la luz escribe lentamente su caligrafía.

Una palabra se desprende.
Desciende con la serenidad de una hoja.

Y al tocar las cosas,
no las transforma:

las revela.

Astilla del invierno

 Veo otra vez la astilla del invierno.
Permanece delante de mí,
no como un recuerdo que regresa,
sino como algo que nunca terminó de irse.

Su azul delicado atraviesa el aire
como un hilo silencioso,
y al tocarme lava lentamente
aquello que había quedado oculto en mí.

Permanezco observándolo,
porque hay cosas que no llegan para ser comprendidas de inmediato.
Aparecen primero como una respiración sobre la materia,
como una claridad apenas abierta
que busca un lugar donde habitar.

Entonces entro en un pensamiento de manzana,
redondo y quieto,
claro como la voluntad secreta de una tempestad
sobre la punta fría del invierno.

Y me descubro en la altura del árbol.

No estoy allí para mirar desde arriba,
sino para aprender la lentitud de las ramas,
la paciencia con que la hoja nace,
la manera en que la savia asciende sin ruido
hacia aquello que busca la luz.

Mi espíritu se vuelve cereal,
verdura, respiración de tallo;
algo en mí abandona su dureza
y comienza a inclinarse hacia el crecimiento.

La noche abre entonces su bosque.

La luna atraviesa las ramas lentamente,
y una mirada —que llega sin anunciarse—
desprende los suspiros de la claridad,
los cuelga sobre los párpados del cielo,
y los deja descender sobre mi cuerpo
hasta convertirlos en el pulso de los años.

Comprendo entonces
que el tiempo no pasa únicamente:
también permanece,
respira dentro de nosotros
y encuentra refugio en aquello que hemos amado.

Por eso me vacío en ti.

Pero no me vacío para desaparecer;
me vacío como la tierra se abre a la lluvia,
con la intención de crecer entre tus brazos,
de hallar una forma de permanecer
dentro de una cercanía compartida.

Permanezco en el sitio de la rama
donde la hoja comienza,
en ese equilibrio pequeño y secreto
donde el mundo parece sostenerse apenas.

Y desde allí me aproximo lentamente
a la miel que circula en las minas de la memoria,
a esa sustancia invisible
que guarda intactas ciertas voces,
ciertos gestos,
ciertas presencias que continúan llamándonos.

Mi voz nace entonces.

No aparece como una afirmación,
sino como una luz que busca su forma,
con señales de fruto y de cosecha,
como una mazorca que abre lentamente
su sonrisa bajo el sol.

Después corrí hacia tus brazos.

Mis manos sudaban.
Llevaban todavía el temblor de lo desconocido.
Las hundí en tu cabello
como quien busca una casa después del largo camino.

El mar respiraba cerca.

Había sombra entre nuestras manos,
una niebla de flores suspendida en el aire,
y el mundo parecía detenerse un instante
para escucharse a sí mismo.

Me incliné hacia tu corazón,
y la playa abrió delante de nosotros
su blancura silenciosa.

Entonces comprendí algo que ya estaba allí:

el amor no irrumpe.

Crece lentamente,
como un vegetal que desconoce su propia fuerza,
como una raíz que avanza bajo la tierra
mientras el mundo permanece distraído.

Y el viento, al entrar en la risa del alba,
se volvió una aguja violeta,
una pequeña presencia persistente
que atravesó la piel y la luz,

hasta dejar en nosotros
algo semejante a una revelación.