Benditos sean aquellos infieles a su palabra,
pues de ellos será la brea hirviendo
que consumirá su alma,
tan negra como el abismo.
En lo más oscuro y ruin del infierno
vi una pileta de dimensiones inconmensurables
donde los impuros de corazón
encontraron su cielo.
No había lamentos.
De sus bocas salía alquitrán espeso,
revuelto con las vísceras
de aquellos desafortunados.
Con sus podridas manos arañaban su rostro,
y de la cuenca de sus ojos caían colmillos.
Vi cómo una serpiente con escamas de diamantes
y cola de seda
se aferraba a sus cuellos
y les susurraba al oído.
Algo putrefacto y negro
hervía sin fuego
dentro de ese pozo sin fondo.
El ambiente era pesado,
casi como caminar
cuando la noche es silenciosa
y ronda la muerte cerca.
De pronto, mis pies ardían.
Era brea espumosa
que salía de aquel suelo infértil.
Antes de salir de aquel recinto,
con mis propios ojos vi
cómo aquel Ángel caído
cayó a los confines del abismo
y de aquel caldo azufroso sació su sed.
— Héctor Franco; Benditos sean los Infieles.