Erigió una saeta el jardinero.
Construyó un reloj inmarcesible
sembrando un ciprés incorruptible
que señala la bóveda del cielo.
No mide el tiempo fugaz, lo traspasa
con quietud elegante y permanente
en su pequeño espacio. Mansamente
ve cómo el universo se desplaza.
Testigos de una vida trascendente
llevan por la vereda al cementerio
procesiones de amigos y parientes
juzgando de la vida y sus maneras.
La evolución transmite este misterio:
su gálbula sugiere calaveras.