Si quieres pecar, llámame,
porque en mi mente habitan los pecados más dulces,
y tú eres el que más se repite,
la tentación donde quisiera consumirme.
Quiero morir en el hechizo de tus labios,
sin pedir perdón ni esconder el deseo;
que los versos inocentes pierdan el rumbo
y encuentren refugio en tu piel y en tu recuerdo.
Que cada palabra escrita se vuelva fuego,
que cada mirada prolongue la condena,
y que el suspiro de tu respiración cercana
sea la promesa de querer volver una vez más.
Que tus caderas sean la coma de esta historia,
esa pausa que invita a continuar el verso,
mientras el tiempo se rinde lentamente
y el deseo escribe lo que el corazón no se atreve a decir.
Y así, entre silencios y latidos,
comience este poema interminable,
donde el único pecado verdadero
sea no olvidarte