Seba Maturano

Luqhirata

Luqhirata

​Había una vez, bajo un puente,

donde el bullicio sostiene al albedrío,

el libre trazo de un impostor enjaulado.

Curaban la fiebre y la cirrosis con alcohol;

zapatos viejos, gastados pero sabios,

en plena huelga de amor.

Polizones de hielo en el alma

se preguntaban:

¿Por qué rezar un domingo?

(En la mesa, el delirio me oprimía la lumbre).

​Érase una vez en una garita fría,

con el hollín de una lengua pasada.

Tibia y arrodillada,

creyéndole los propósitos a Dios.

​Había una vez, en una pila de libros viejos,

en el lomo de un lobo presumido,

en la estaca altanera:

ojos de arena que detallaron el tiempo cruel.

Encima de un lunes metaficcional pero sin portal,

el diablo de siempre, aburrido,

iba suspendiendo corazones.

(Te he visto llorar miel).

​Érase mil veces un perfume incapaz de llenar el aire,

aroma de traspié,

de mosca en el señuelo.

¿A qué huele tu sombra?

Un perfume para aliviar a los invisibles,

fragancia de una muerte extraña

a la que le apetece el cielo.

​Había una vez un lugar tan oscuro

que era hermoso quedarse allí, inmóvil.

Gozó de verte en esa penumbra,

tan profunda y temprana,

escribiendo con mil biromes calaveradas

la locura, la sensatez,

la belleza, el caos,

la libertad y el amor.

(Me siento gracias).