No eres la duda que te obliga a volver sobre tus pasos.
No eres la pregunta que muerde una y otra vez la misma herida.
No eres la voz que desconfía del mundo
ni la mano cansada que busca una certeza imposible.
Yo te conocí antes.
Antes de los rituales.
Antes de las trampas del miedo.
Antes de que una sombra aprendiera a pronunciar tu nombre.
Y todavía te veo.
Te veo en ciertos descuidos:
en una carcajada que llega demasiado rápido,
en una respuesta que no consulta al miedo,
en la forma de mirar un árbol, un perro, la lluvia contra los cristales.
Instantes apenas.
Tan breves que casi nadie los nota.
Pero suficientes para saber que sigues ahí.
No sé cuánto camino queda.
No sé qué nombre tendrá la batalla de mañana.
Solo sé
que llevo años descifrando
a ese intruso.
Y todavía no ha logrado
aprender tu manera
de decir las cosas.
Antonio Portillo Spinola