Muchos creen que la gente educada es pusilánime,
que la cortesía es hermana de la cobardía;
ignoran que, tras el gesto sereno,
puede dormir un soldado vigilante.
Confunden las buenas formas con debilidad,
desconocen la paciencia y la estrategia;
no comprenden la espera de quien sabe
cuándo avanzar y cuándo guardar silencio.
Todos aquellos que llevan un soldado dormido
caminan sin pregonar su fuerza;
por eso sorprenden su figura y su destino,
por eso desconcierta su victoria.
No exhiben su valor en los mercados del mundo,
ni lo desgastan buscando aplausos;
lo conservan entero, como un fuego oculto
que sólo se revela cuando es necesario.
El soldado dormido es un orgullo noble,
una fuerza que desafía al destino oscuro;
es la rabia que alimenta la lucha constante,
sin dejar que el odio ocupe su lugar.
Es amor por la propia vida,
fidelidad a la justicia y a la verdad;
la certeza de que la verdadera fortaleza
no necesita gritar para existir.