Despedida irrevocable
Y después vendrá el tiempo,
ese animal paciente
que roe las fotografías
y vuelve transparentes los nombres.
Vendrá sin pedir permiso,
como llega la lluvia
a los patios vacíos,
como entra la noche
en una casa abandonada.
Y yo seguiré viviendo.
Eso será lo extraño.
Seguiré cruzando calles,
comprando pan,
mirando las mismas nubes
que alguna vez miramos juntos,
mientras el mundo,
indiferente y enorme,
continúa girando.
Habrá mañanas
en que no piense en ti.
Lo digo ahora
y parece imposible,
pero habrá mañanas limpias,
horas enteras,
días completos quizá,
en que tu recuerdo
no atraviese mi pecho
como una aguja.
Y cuando eso ocurra
sentiré una tristeza nueva:
la de descubrir
que también el olvido
es una forma de perder.
Porque incluso el dolor
tiene su manera de acompañarnos.
Incluso la herida
se vuelve una habitación conocida.
Pero tú te irás alejando.
Primero serán los detalles.
El sonido exacto de tu risa.
La forma de tus manos.
La curva de tu espalda
al quedarte dormido.
Después serán las palabras.
Olvidaré frases enteras,
conversaciones completas,
promesas que parecían
capaces de sostener el universo.
Y un día,
sin darme cuenta,
estarás hecho solamente
de fragmentos.
Un gesto.
Una sombra.
Un perfume en el aire.
Una canción escuchada por accidente.
Nada más.
Entonces comprenderé
que nadie pertenece a nadie.
Que pasamos unos por otros
como barcos en la niebla.
Nos reconocemos.
Nos iluminamos.
Nos salvamos a veces.
Y luego desaparecemos.
Qué breve es todo.
Qué breve.
Tantos planes construidos
para terminar convertidos
en polvo de palabras.
Tantos futuros imaginados
que jamás encontrarán un lugar
donde ocurrir.
La mesa que no compartimos.
Los viajes que no hicimos.
Las discusiones absurdas
que nunca tendremos.
Las canas que no veremos crecer.
Los años.
Sobre todo los años.
Porque hay despedidas
que no duelen por lo que fueron,
sino por todo lo que ya no podrán ser.
Y sin embargo,
a pesar de todo,
agradezco.
Agradezco haber conocido
el color de tus ojos
cuando estabas feliz.
Agradezco las noches.
Las conversaciones interminables.
La manera en que el mundo
parecía detenerse un instante
cuando tu mano encontraba la mía.
Nada de eso desaparece del todo.
Permanece escondido.
Como una brasa pequeña
bajo toneladas de ceniza.
Como una estrella muerta
cuya luz todavía viaja.
Y así seguiré.
No esperando.
No buscando.
No llamándote en silencio.
Simplemente viviendo.
Con esta ausencia
que poco a poco
dejará de ser una tormenta
para convertirse en paisaje.
Con esta historia
que ya no tiene continuación.
Con este amor,
si es que fue amor,
guardado en la región secreta
donde descansan las cosas
que no pudieron quedarse.
Y cuando alguien pregunte por ti,
si alguna vez ocurre,
sonreiré apenas.
Diré tu nombre.
Recordaré tu rostro.
Y dejaré que el viento
se lleve el resto.
Porque hubo una vez un nosotros.
Porque fue real mientras duró.
Porque existió.
Y porque algunas historias
no están hechas para permanecer,
sino para enseñarnos
la inmensidad del vacío
que puede dejar una persona
cuando se marcha.
Después de eso,
solo quedará el cielo,
los días,
el tiempo,
y esta extraña costumbre humana
de seguir adelante.
—Luis Barreda/LAB
Montrose, California, EUA
Junio, 2018.