Laura Cabrera \"La dolida\"

El Eco de la Ceniza

El viento trajo un silbo de advertencia,
un ruego gris impreso en la mirada,
pero la torre alzó su complacencia
y la ciudad cerró su encrucijada.
 
Llegaron pasos de orden cristalina,
avisos mudos que la noche envía,
mas el orgullo ciego rinde y ciega,
y nadie vio la luz que se extinguía.
 
No fue el deseo el fuego del abismo,
ni el tierno pulso que la piel reclama;
fue la codicia viva del egoísmo,
un festival de sombras sin su flama.
 
Creyeron que el placer era el dominio,
atar la libertad con mano dura,
olvidaron el libre escrutinio
que da la vida en su agua más pura.
 
El ser natural ama sin cadenas,
es agua limpia que los campos riega;
no busca el oro ni inventa las penas,
ni en muros de soberbia se desniega.
 
El verdadero amor nace del suelo,
como la flor que el viento no maltrata,
no necesita templos bajo el cielo
ni se compra con leyes ni con plata.
 
Gritó la tierra un eco de clausura,
cayó la noche en lluvia de azabache;
por olvidar que el amor es ternura,
la piedra se volvió solo un remache.
 
Los muros altos hechos de pecado,
se deshicieron como polvo leve,
pues lo que nace del rencor forzado
no dura el tiempo en que la vida llueve.
 
No mires atrás donde el miedo impera,
deja que el fuego barra lo ficticio;
el verdadero amor es primavera,
no la ceniza vil del precipicio.
 
Camina firme hacia el horizonte,
donde la luz repara los dolores,
que el amor natural cuida su monte
y solo siembra vida entre sus flores.