En el templo sagrado de la frente,
donde habitan mil soles de razón,
se esconde la más triste prisión:
la mente encadenando a su creyente.
Es la paradoja del que vuela y siente
que sus alas son de plomo y de carbón.
Sabe del viento, del cielo y su color,
pero muere de pie, siendo la fuente.
¡Qué cruel es la ironía del destino!
El genio que diseña los altares
no se atreve a rezar ni a dar un paso.
Mientras el necio, ciego en su camino,
cruza la mar y conquista los lugares
que el sabio dibujó para su ocaso.
Tienes sesenta latidos de esperanza,
un minuto de luz, un solo aliento.
No le des a la mente más sustento
que ahoga la verdad en su balanza.
Si tu intelecto frena lo que avanza
y disfraza el temor de entendimiento,
rompe el reloj, apaga el pensamiento,
que vivir no es saber... es una danza.
Deja ya de tejer la telaraña.
El instinto no miente, no demora,
la intuición en un grito te reclama:
Despierta del letargo que te engaña,
la vida que te debes es ahora,
o serás solo cenizas en la llama.
JTA.