El infierno arrasaba la mente a mordidas,
apoderándose de todo a su paso con garras de humo negro.
Lagos de tinieblas que tragan sin fondo,
pantanos infinitos que entierran viva toda sombra de motivación,
ahogándola lento, con burbujas de silencio que nadie escucha.
Las paredes respiran.
Del techo caen gotas negras que no son agua.
Cada gota quema un recuerdo y deja un cráter en el pecho.
La infelicidad inmunda escarba con uñas rotas
y entierra hasta el último suspiro de amor que te quede vivo.
Lo pudrición, convierte en ceniza fría en la boca,
El nombre que ya no te atreves a pronunciar.
Caminas la vida y las espadas ya no pelean:
se clavan en tu espalda una por una.
Batallas de luz y oscuridad que siempre gana la noche,
porque el sol aquí murió hace siglos
y solo quedan ecos de algo que fue calidez.
Mantos de noche se desgarran desde adentro
y despiertan demonios con dientes de hueso y ojos vacíos.
Siguen caminos perdidos, arrastrando cadenas,
susurrando tu nombre al oído aunque tapes los tuyos.
Ríen bajito. Saben que no hay salida.
Saben que cada puerta que abres lleva al mismo pasillo.
La muerte recorre tus pasos descalzo,
deja huellas de escarcha en el suelo.
No dibuja tu destino... lo talla en tu piel con uñas,
letra por letra, hasta que lees tu final sin querer.
El aire pesa. El tiempo se pudre.
Las sombras tienen dientes y aprenden tu forma de llorar.
Gritas, pero el grito se queda pegado a la garganta
como un nudo de espinas.
Y cuando crees que no queda nada más,
cuando el cuerpo ya olvidó cómo temblar,
sientes el último latido lento, arrastrado:
Sangra el alma.
Gotea.
Y nadie viene a detenerla.