racsonando

La tristeza es un tambor de vidrio

 

 

 que se cuela por la piel de mi puerta, 

por el ojo inquieto de sus ventanas; 

un tambor que estalla shilak contra tu pecho. 

Hace ruido afuera, 

nos apedrea la frente, 

pero se riega por dentro 

en gotas lentas y tibias, ç

como lluvia sobre el vidrio que me contempla.

Es un peso sin manos, 

frío como un plato servido a tientas

 para el invitado que nunca llega. 

Suena shil, un susurro hueco, 

como cuando nombras a alguien 

y el cuarto se queda vacío.

La tristeza 

es un tambor de vidrio 

donde golpean despacio los recuerdos; 

cada ausencia 

deja una grieta invisible desde lejos. 

Pero si te atreves a tocarla, 

si rozas con un dedo su borde frío,

 se rinde. 

Se vuelve siss, murmullo en la nuca, 

el roce de una sábana 

cuando alguien se acuesta a tu lado: 

un consuelo que no habla, solo respira contigo.

La tristeza es mi azotea 

con un frío de macetas, 

un eco deshaciéndose 

en la boca del aire. 

Decir tu nombre,

 y que no haya respuesta.

Y aun así, 

queda un tsum muy bajo, 

el latido de la puerta entreabierta.

 Un suspiro que no se va, 

se queda a dormir en el pecho, 

meciendo despacio la noche.