La Lumia
Me arde la boca de jurar a fuego crudo.
Me duelen los ojos con los grumos del desapego;
me duelen las manos de tanto aire de miedo.
Aviento la pasma y la gente tropieza, gajo a gajo.
Costado de Dios, reverso sin alma.
Me arde la boca de masticar racimos de sangre;
me duele el cuerpo de tanto amamantar mi tumba.
Mi sombra en ostracismo, desgajada y ruin,
va sin tiempo hacia los limbos.
Allí la gente tropieza y escupe, gajo a gajo,
costras de luz en su regazo plateado.
La niebla por fin se disipa.
El rocío cubre las astromelias.
Una abeja duda de mi probidad
cuando me ve tropezar, gajo a gajo, con mi tumba.