No me duele que me hayas hecho daño.
Me duele que preguntes por qué.
Porque la pregunta no nace de la crueldad,
sino de algo mucho peor:
de no haberme visto nunca.
Yo aprendí el lenguaje de tus silencios.
Sabía cuándo tu risa era real
y cuándo era una forma elegante de esconder el cansancio.
Sabía cuándo necesitabas compañía
y cuándo necesitabas que el mundo entero te dejara en paz.
Aprendí a reconocerte incluso cuando dejabas de ser tú.
Y ahora te escucho decir:
“¿Qué hice?”
Como si el incendio hubiera ocurrido en otra casa.
Duele que no sepas por qué me haces sentir mal,
porque eso significa que nunca miraste lo suficiente.
Porque mientras yo aprendía cada detalle de tu alma,
tú pasabas junto a la mía
sin detenerte.
Y no esperaba que me salvaras.
Solo quería que alguna vez notaras
que también estaba sangrando.
Es extraño.
Puedo recordar el temblor de tu voz
en una noche cualquiera de hace meses,
pero tú no recuerdas las veces
que cambié la mía para no preocuparte.
Y al final eso es lo que más pesa.
No las heridas.
No las discusiones.
Sino descubrir que fui un libro
que nunca abriste,
mientras yo aprendía de memoria
cada una de tus páginas.
Porque el dolor de que te hagan daño
termina pasando.
El dolor de darte cuenta
de que nunca te conocieron,
se queda.